Papá pasó por el Morumbí
El equipo del Vasco jugó con presencia y temple, ya está en semifinales y hay algunos que ya tienen un miedo atroz.

El Morumbí es la segunda casa de Boca. Por historia y ahora también por presente. Hacía mucho que Boca no metía un triunfazo como este en Brasil. Porque no jodamos: el resultado puede marcar empate pero es un triunfo por donde se lo mire. Porque la serie terminó 2-1, porque Boca estuvo a la altura en el choque más importante de este segundo ciclo del Vasco, porque prácticamente no sufrió -salvo los diez minutos finales- y por lo que esto genera hacia adentro y sobre todo hacia afuera. Al margen de las lágrimas de siempre, de la llorería de los que apenas juegan una vez por semana y tienen que montar amistosos para no tener dos containers de jugadores al pedo de acá a fin de año, esto genera respeto, genera temor y genera presagios.
En lo poco que va de este regreso a Boca, y aún sin ninguna medalla para colgarse, este equipo del Vasco mejora la primera versión de hace más de una década. Mejora en el temple, en la postura, en el coraje para plantarse. No es para cualquiera pararse en el Morumbí a jugar así, lejos del arco, presionando y tratando de tener la pelota. Salvo un rato del primer tiempo en la Bombonera y este cierre en San Pablo, Boca siempre fue el dueño de las acciones. Con errores, con un físico castigado, con poquísimo recambio. El equipo es cortito, pero está.
No hay que confundirse, ni este es el Boca de Bianchi y San Pablo está aun más lejos de ser el de Telé Santana. Pero siempre un rival brasileño de ese tamaño es un clásico, una carga emocional distinta y un desafío futbolero. En ese contexto, el mejor jugador lo tenía Boca, aun al 60%. En el Morumbí, donde a la mayoría le rebotaba la pelota, el único que mantenía el control de los efectos -más allá de alguna imprecisión al inicio y del cansancio extremo del final- era Leandro Paredes. Un monstruo, el mejor 5 de Sudamérica por muerte. No hay que negarlo: tiene licencia para una o dos patadas más y generalmente están bien dadas. Parece que vende humo cuando va a barrer abajo y gana, pero levanta a los propios y desanima a los rivales. Es el puto amo.
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Más allá de la omnipresencia del 5, de su valor espiritual, hay tipos que jugaron bárbaro. Lozano fue el golazo y un cierre salvador en un flipper que se había armado en el área. Delgado estuvo como si nunca hubiera parado. Ascacíbar volvió a ser 9, 8, 11... Jugó un poco de todo. Jagger sacó chapa, más allá de haber perdido a su hombre en el gol: no puede quedar condenada en una jugada su actuación bárbara en la que siempre hizo lo que debía: revolearla o salir limpio, presionar hasta más allá de la mitad de la cancha, meter algún foul táctico cuando era necesario. Y Montero, cada vez más firme aun con sus señas particulares: hay que amenazarlo para que salga en los centros.
Claro que dentro de un equipo que estuvo a la altura, hubo algunos que fueron salvados por la actuación colectiva: Velasco es el caso más alarmante, otra vez sin poder sacarse un tipo de encima. Pero también Flores, excesivamente barullero; Merentiel, en una de esas noches. Y hubo un pecado casi mortal de Arruabarrena: eligió jugar con diez hombres los 12 minutos más calientes. En ese lapso nos hicieron el gol y la pasamos mal mientras el fantasma ecuatoriano correteaba por el campo como si estuviera en una pradera llena de flores bajo el sol de la tarde tibia. Muchachos, no jodamos. Valencia es un papelón. El gol del otro día lo hacía hasta Cavani. Después de eso erró todo. Y lo de anoche, bueno: tocó una pelota (un cabezazo a ningún lugar), no presionaba, vivió con sangre de pato el fuego del final. Nunca más, Vasco. Por favor.
El camino continuará con un ida y vuelta a Brasil contra un Vasco que pelea el descenso pero que se reforzó y ni se mosqueó para eliminar al cuco colombiano que asustó a River. Antes hay otros partidos, claro, pero la mira para todos está puesta acá. Boca está en semifinales de una copa internacional (aunque sea el torneo B de Sudamérica) y eso no es un buen augurio para nadie. Salvo para nosotros: los bosteros, claro.

