La caída de la credibilidad de las democracias*
Esta es una transcripción de un extracto de la conferencia brindada por el autor, el pasado jueves, en el Teatro de la Estación, en Concepción.

Resumen para apurados
Por Santiago Kovadloff
Los sistemas democráticos que a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, tienden a expandirse y bajo la hegemonía de los Estados Unidos a ir ganando consistencia como modelo de organización política, hoy están en crisis porque han dado lugar a los populismos.
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¿Qué son los populismos? Son regímenes políticos donde las instituciones que administran el poder son reemplazadas por la hegemonía unilateral de un líder, de una figura de carácter mesiánico, de carácter fuertemente egocéntrico, que detenta en sí misma la representación de todo el poder. Seguramente muchos de ustedes saben cómo definía Luis XIV, el rey de Francia, a lo largo de la segunda mitad del siglo XVII. "El Estado soy yo". Pero el rey hablaba en plural, no decía yo, decía nosotros.
Hablaba él y decía nosotros, porque él era la totalidad de los estamentos del poder francés. El auge de los populismos tiene que ver no sólo con el descrédito de las democracias, sino que el descrédito de las democracias como regímenes políticos posteriores a la Segunda Guerra Mundial tiene que ver con temas que la democracia no ha sabido resolver suficientemente, generando un fuerte escepticismo en las sociedades. Si ustedes van, por ejemplo, al auge del populismo en Europa occidental, en esa Europa que después de la guerra tuvo un notable desarrollo económico, cultural, educativo y tecnológico, y hoy ve languidecer la posibilidad de que las democracias sigan siendo regímenes con una fuerte estructura institucional, uno advierte que la falla primordial de las democracias pasa por el hecho de que el tema de la inequidad social sigue presente, sigue vivo.
Cuando Europa empieza a sufrir inmigraciones constantes del África y de los sectores de Europa que están fuera del sistema occidental y justamente del mundo árabe, de gente que viene a vivir a Europa occidental buscando una posibilidad de sobrevivir y de vivir con alguna dignidad mayor, uno empieza a advertir la resistencia que en muchas de esas naciones hay a recibir a los inmigrantes, a solidarizarse con su causa y dando auge entonces a un repudio racial espantoso en relación a aquellos que llegan solicitando cuidado y que provienen de naciones como las africanas, que en su momento fueron explotadas colonialmente por Europa. Esta crisis de una Europa que no sabe qué hacer con sus inmigrantes y que muchas veces los repudia al punto de querer expulsarlos, va acompañada por el auge de regímenes que tienen propuestas de extrema derecha, como por ejemplo ocurre en Francia donde Marine Le Pen es una política que tiene una propuesta de extrema derecha. Extrema derecha quiere decir un orden que está instaurado sobre el sometimiento de la libertad de expresión y sobre la discriminación de aquellos sectores que no provienen del seno del propio país.
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En Hungría acaba de caer Orban, un populista que no ha sido otra cosa que la renovación de los mecanismos del poder para mantenerse en la hegemonía dictatorial de su nación. Cae porque otro hombre, igualmente de derecha, al parecer más moderado, viene a proponer otra reorganización de Hungría.
¿Qué decirles de Rusia? Salió del comunismo y se convirtió en un nuevo proyecto imperial. Putin es un zar y la necesidad de expandir el poder de Rusia hacia sus ex estados dependientes está viva en él.
Ataca a Ucrania y la comunidad europea, la OTAN, deciden no intervenir. Primero Georgia, apuntan ahora a Ucrania y la Unión Europea no interviene. Les facilitan armamentos pero, por sobre todas las cosas, el presidente de los Estados Unidos considera al presidente Zelenski poco menos que un imbécil arrogante. Y entiende que debería someterse al dominio de Rusia.
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¿Qué vemos en el mapa global? Un proyecto político para el mundo contemporáneo que implica tres hegemonías. Una es la rusa, dentro de su territorio y su expansión eventual hacia zonas fronterizas. Otra es la china, un fenómeno típico del siglo XXI en lo que tiene de más expresivo, porque es una conjunción desconcertante entre capitalismo y comunismo. Y, por último, Estados Unidos, que aspira a recuperar -"hagamos grande a América otra vez"- el dominio perfecto de América Latina. Es una gestión presidencial que echa por tierra los valores tradicionales de la democracia americana y deposita en la figura del presidente la totalidad de la representación de Estados Unidos.
La reconfiguración del poder mundial con estas tres cabezas va a generar consecuencias muy grandes. El auge de los populismos, la caída de la salud institucional de las democracias y la pregunta en torno a si el destino del mundo contemporáneo está asociado a las formas autoritarias de poder que antes se veían neutralizadas por el poder, la independencia del poder judicial, por las instituciones que representan a los tres poderes de la democracia.
Nos preguntábamos cómo ser contemporáneos. Creo que el primer paso es tratar de discernir en qué mundo estamos y cómo incide ese mundo sobre la vida que llevamos.
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Hay un tercer punto que me parece importantísimo plantearles a ustedes. Es el de la tecnología de punta en nuestro mundo. ¿Con qué educación política lo vamos a encarar? Muy sucintamente, la inteligencia artificial aparece en la percepción colectiva general, masiva, como un recurso que permite resolver todos los problemas y cada vez los va a poder resolver más. ¿Qué problemas? Todos los que demanden una respuesta práctica posiblemente encuentren en la tecnología de punta y en la inteligencia artificial en particular una respuesta positiva. Si se trata de obtener información o de generar soluciones con la mayor velocidad posible para dilemas de orden administrativo, práctico, económico, jurídico, anatómico y científico, sin duda creo que la inteligencia artificial va a permitir un salto cualitativo enorme tanto en la calidad de las soluciones aportadas como en el tiempo ganado para alcanzar esas soluciones.
¿Qué vemos, además? Hay preguntas que no piden respuestas y que por lo tanto la inteligencia artificial no tiene nada que decir al respecto. Por ejemplo, el sentimiento del tiempo, que es un rasgo distintivo de la identidad humana, la ambigüedad de la comprensión de mi propia identidad cuando me miro en el espejo y veo que simultáneamente soy una persona, pero no tengo una comprensión acabada de lo que significo y cuando voy a lo que significo todo depende de con quien hable. Si es un amigo o mi novia va a decir que soy una buena persona, pero si no me aprecia va a decir que no lo soy. ¿Eso es menos identidad? No, es tanta identidad como el hecho de ser querido. Y algo más, la angustia. Somos seres que se angustian. Ante la incertidumbre, ante la muerte. La máquina no muere, no conoce el sentimiento de finitud.
Entonces hay un repertorio de problemas que tenemos que cuidarnos mucho de creer que van a encontrar en la tecnología de punta una respuesta, porque si la buscamos allí claudicamos de la responsabilidad espiritual de educarnos con espíritu crítico y libertad. Si la política deja de estar en manos de políticos, es decir de gente entrenada en la gestión política para pasar a estar en manos de tecnócratas, los gobiernos han de ser fatalmente gobiernos totalitarios.
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¿Por qué? Porque no admitirán de ninguna manera la existencia de dilemas que excedan la funcionalidad de la máquina. Dirán que son problemas menores. Si yo le pregunto hoy a la inteligencia artificial por qué debo morir -háganlo-, contesta que somos organismos y, como todo organismo, tenemos naturalmente un proceso delegado mediante el cual los recursos vitales se van disminuyendo.
Yo no quise saber eso. Mi pregunta es mucho más fundamental. ¿Qué destino es el del hombre que tiene que estar sujeto a la finitud? Esa es mi pregunta y ella no me la puede contestar porque desconoce el sentimiento del tiempo. Pero si la política es capaz, así como de encarar el tema del calentamiento global, de administrar la tecnología con criterio democrático y no autoritario, es muy probable que tengamos en la mano una herramienta que dentro de ciertos límites sea realmente notable, pero fuera de ellos un peligro.
Temas de nuestro tiempo, dilemas del siglo XXI. Qué problema, no podemos vivir más tranquilos. No, no podemos.
Todas las épocas han tenido problemas propios y sólo consiguiéndolos y encarándolos podemos llegar a saber qué significa ser contemporáneo. Es decir, hombres y mujeres de nuestro tiempo que tienen un discernimiento de la realidad en la que viven. Ahora, si queremos vivir de espaldas a lo que pasa, porque ahora estamos cansados -"a mí no me interesa la política, la tecnología, a mí me gusta el golf"-, un día vendrán a golpear a nuestra puerta los señores del poder y nos dirán ustedes tienen que hacer tal cosa. Esto me lleva a darles una idea más de lo que es el totalitarismo. ¿Resisten? Las tres formas primordiales del totalitarismo surgieron en el siglo XX, que son el comunismo, el nacionalsocialismo y el fascismo.
Tienen muchas diferencias entre sí, pero muchas características comunes. ¿Por qué es importante detenernos en ellos? Porque la derrota de los totalitarismos a los que me refiero, el nazismo, el comunismo y el fascismo, el hecho de que hayan perdido vigencia protagónica en la historia no significa que la sensibilidad totalitaria haya desaparecido de nuestra especie. Han desaparecido configuraciones de la sensibilidad totalitaria, estas tres por ejemplo, pero no ha desaparecido la vocación totalitaria.
El rasgo distintivo del pensamiento totalitario es la abolición del sentido libre de la vida personal. Hay totalitarismo donde el individuo está forzado a disolver su identidad particular en la masa, es decir, a no tener una identidad propia, sino a ser esencialmente una ideología. Y esto lo vivió Europa en la primera mitad del siglo XX.
Hannah Arendt se pregunta si somos conscientes de que la victoria sobre las formas totalitarias políticas que tuvieron vigencia en la primera mitad del siglo XX no implica la muerte de la sensibilidad totalitaria en Europa. Y las democracias que están manipuladas por los populismos, por la tecnocracia entendida como tecnolatría, es decir, como idea de que de la técnica depende de la comprensión acabada del hombre, son situaciones propicias para el regreso del pensamiento totalitario, es decir, la solución total. El totalitarismo implica que hay una ideología que debe estar en boca de todos, acatada por todos y donde la singularidad personal tiene que disolverse para hacer lugar al hombre uniformado.
Esto es una amenaza hoy. Las autocracias contemporáneas, allí donde los dirigentes populistas son sobre todo figuras que reducen el significado del poder a su propia persona -en Estados Unidos su presidente es un hombre que aspira a ser el Estado, no a representarlo-, nos llevan a preguntarnos por el porvenir de las democracias. ¿Dónde están los recursos mediante los cuales podemos devolverles la significación social, teniendo en cuenta cuánto han contribuido las democracias para dejar de ser verosímiles?
También las democracias han sembrado pobreza y por eso han perdido credibilidad. En nuestro país, la caída de la dictadura militar en 1983 abrió camino a medio siglo de régimen democrático y a un 40% de población empobrecida. La pobreza que sembró la democracia es el resultado de gestiones con una profunda dificultad para generar equidad, trabajo e integración en una sociedad que está cortada por la mitad, agrietada, entre los que pueden sobrevivir y los que no. ¿Entonces usted está contra la democracia? No, la democracia está contra la democracia.
Tenemos que lograr que la democracia comprenda cómo ha sembrado condiciones de pérdida de credibilidad del propio sistema, pero no buscando afuera una solución populista que está sentada en un líder de carácter mesiánico como el que sembró el kirchnerismo, que llevó al país a la creencia de que mediante el populismo y un Estado que abasteciera las necesidades básicas podía generar un poder político verdaderamente perdurable y prolongado. No, sino ha sido una transformación fundamental de todo aquello que en la economía argentina fue sinónimo de la corrupción profunda de la democracia. Y eso se empezó a hacer aquí.
Hoy tenemos un gobierno que en el orden económico ha empezado a hacer transformaciones ineludibles si aspiramos a que el concepto de la economía y la noción de democracia vuelvan a ser compatibles. Ahora, los sacrificios siguen, las dificultades para vivir son enormes, el gobierno ha logrado el milagro de bajar la inflación, ha logrado de una manera inédita que el riesgo del país baje. Pero ¿y el dolor? ¿Y el sufrimiento? ¿Y la gente que sigue padeciendo dificultades para vivir porque no le alcanza? Es imposible en una nación que aspira a transformarse estructuralmente que coincidan en el tiempo las cirugías indispensables y el bienestar ineludible.
Es imposible, a menos que renunciemos a vivir en una democracia y generemos de nuevo una economía inflacionaria, populista, que haga del Estado la fuente proveedora de identidad de la pobreza. Pero por otra parte, este mismo gobierno que en la Argentina se hace eco de la necesidad de transformar nuestra democracia para que tenga sentido ético y no logra todavía impulsar una equidad social como es debido, es además un gobierno donde, a excepción de la economía, el concepto de lo político entendido como búsqueda de consensos y de acuerdos entre quienes teniendo disidencias pueden llegar a complementarse, todavía no existe.
Hay una revolución económica que tiene una cloaca en la boca cuando habla de todos aquellos que no son los que coinciden con él. Son todos delincuentes. El periodismo es una basura.
¿En qué se equivoca el Presidente? Se equivoca en generalizar. Por supuesto que hay delincuentes en el mundo periodístico, pero si él lo especificara tendría una credibilidad social muchísimo mayor. Si él pudiera hablar en particular y no en general, si él aprendiera a hacer de la política una herramienta que efectivamente lo distancie del delito de lo que se llama carta, pero al mismo tiempo fortalezca la idea de la interlocución con los diferentes, con los que no piensan como uno, es probable que la Argentina termine de integrar esos recursos fundamentales que puedan abrir el camino a un riesgo nuevo, porque no hay política sin riesgo. Pero una cosa es correr el riesgo de desestructurar una democracia y otra es el de construirla.
Nada es seguro en política, pero la orientación que permita reconciliar ética y eficacia, convivencia y contundencia en el desarrollo de las propias políticas puede hacer con que la Argentina recupere la posibilidad de capitalizar su fracaso. Capitalizar el fracaso es el camino de reconstrucción de las naciones. En el orden económico está ocurriendo.
Capitalizar un fracaso, entender a donde llegamos por hoy, no basta. Se gobierna una nación con un espíritu polifónico, abierto a distintos desafíos complementarios. Si hoy en día este gobierno lograra que sus representantes se dirijan a la población, haciéndole un lugar al reconocimiento del dolor, a la necesidad del diálogo, no entendiendo que la política se reduce a la homogeneidad sino a la heterogeneidad, posiblemente habría aprendido, terminado de aprender, lo que corresponde.
Perfil
Santiago Kovadloff es ensayista, filósofo, poeta y traductor. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Es profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid, doctor honoris causa por la UCES y miembro del Comité Académico de la Universidad Ben-Gurion. También es miembro correspondiente de la Real Academia Española y miembro de número de la Academia Argentina de Letras y la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.


