"Todo empezó a dar cringe": por qué los jóvenes tucumanos están borrando su contenido de Instagram
Las publicaciones quedaron relegadas, pero las historias, listas de Mejores Amigos y las cuentas secundarias ganaron la pulseada. Jóvenes y especialistas explican por qué cambió la manera de compartir la vida en redes.

Antes, si alguien comía un sánguche de milanesa, podía sacarle una foto y subirla al feed de Instagram con total normalidad. Hoy, probablemente la mande a historias, la comparta en Mejores Amigos o incluso la publique en una cuenta secundaria. En el perfil principal quedan las fotos de un viaje, algún cumpleaños, un proyecto o directamente nada.
El cambio es llamativo: hay jóvenes que casi no publican en su perfil, pero pasan buena parte del día en Instagram. Miran stories, comparten reels e instantáneas, responden mensajes y consumen contenido, aunque su propio feed permanezca quieto.
¿Se terminó la costumbre de contar la vida en Instagram? ¿Publicar empezó a dar cringe? ¿O simplemente se elige mejor qué se muestra y a quién?
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Para entenderlo, LA GACETA habló con jóvenes tucumanos y especialistas en comunicación y psicología. Entre stories, cuentas secundarias, Mejores Amigos y feeds cada vez más cuidados, algo cambió en la forma de estar presentes en las redes.
"Las publicaciones se reservaron para 'ocasiones' especiales", resumió Leo Lamas. La idea aparece también en otras respuestas de jóvenes consultados. Para Agostina Norry, el cambio está ligado a la velocidad: "Porque hace tiempo la permanencia no es tan importante como la inmediatez".
La transformación también aparece en la manera de consumir contenido. "Se dio paso al microconsumo, y con las instantáneas es el micromicroconsumo", planteó Jeremías Quiroga, quien actualmente no tiene publicaciones ni destacadas en su perfil. Las instantáneas profundizan esa lógica: permiten elegir con quién compartir algo, pero están pensadas para el momento exacto. No buscan construir un archivo del perfil, sino mostrar lo que está pasando ahora y seguir adelante.
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Pero no se trata solamente de que las historias duren 24 horas. También cambió lo que significa publicar una foto propia. Camila Barrionuevo lo explicó con una palabra que se repite entre jóvenes: "Todo empezó a 'dar cringe' y se empezó a poner de moda el 'aesthetic'".
"Dejó de ser una red para compartir un daily genuino y pasó a ser algo más relacionado al ego", sostuvo Ablessa. Otros directamente prefieren reducir las huellas de su pasado digital. "Antes publicaba mucho, ahora prefiero que mis publicaciones están archivadas", contó Luciano Santana. "Ahora es puro reel", resumió Fran Villafañe, creador de contenido.
Así, el feed empieza a parecerse menos a un diario personal y más a una selección de momentos: viajes, cumpleaños, proyectos, fotos cuidadas o imágenes que encajan con determinada estética. La vida cotidiana queda para las stories.
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Según Constanza, también cambió el sentido de publicar. "Antes publicar una imagen o un video era más una forma de guardar un momento; ahora muchas veces parece una forma de construir una imagen de uno mismo frente y para los demás", sostiene. En ese proceso, el feed también quedó asociado a una idea de vida "ideal": "Todo ordenado, lindo, estable, productivo y feliz".
Lo que ocurre en Instagram forma parte de una transformación más amplia: se consume mucho contenido, pero la producción propia pierde espacio. Un informe de Ofcom mostró que en Reino Unido el porcentaje de adultos que publica, comparte o comenta en redes sociales cayó del 61% en 2024 al 49% en 2026. El dato apunta hacia un uso más pasivo de las plataformas.
Para Gabriel Torossi, licenciado en Ciencias de la Comunicación e investigador de juventudes, medios y entornos digitales, no se trata de un desinterés por Instagram, sino de un cambio en la manera de usarla. "Estamos ante un cambio de hábitos comunicacionales, de los usos que hacemos diariamente de estas plataformas, de las redes sociales", explica.
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Ese cambio también modifica la relación con la audiencia. "Los jóvenes no dejaron de exponerse; aprendieron a segmentar a quién le muestran qué", explica. Mejores Amigos, cuentas secundarias, stories y mensajes privados permiten decidir qué mostrar y ante quién.
Torossi también encuentra una diferencia entre las publicaciones y las historias. "Los millennials crecimos con la idea de que el feed era un álbum de fotos digital donde guardábamos hitos de nuestra vida", señala. Para las generaciones más jóvenes, esa lógica de "archivar la vida" perdió fuerza frente a la inmediatez.
"El feed es como la portada de un libro. La story es un diálogo de pasillo", resume. Mientras una publicación queda expuesta de manera permanente, las historias permiten compartir algo espontáneo, recibir una respuesta rápida y dejar que desaparezca después de 24 horas.
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Para la psicóloga y psicoanalista María Pía Diambra Gacioppo, también hay que tener en cuenta que esta generación creció dentro de las redes. A diferencia de quienes conocieron las plataformas cuando ya eran adultos, muchos jóvenes se formaron bajo una exposición digital constante, incluso desde antes de poder decidir qué mostrar.
"Tal vez sea una manera de vincularse, esto de que las cosas duren un rato, de que la exposición sea por un tiempo más corto", plantea. La especialista aclara que se trata de una hipótesis y que no existe una explicación psicológica única para todos los casos.
La exposición, además, no termina en la foto. "Tiene mucho que ver con la exposición, no solo de subir una foto, sino con los comentarios que vienen detrás y con el anonimato que habilita a que se digan muchas cosas", advierte.
La posibilidad de recibir comentarios, críticas o agresiones puede pesar a la hora de decidir qué queda publicado y qué desaparece a las 24 horas. La story ofrece algo que el feed no: una exposición con fecha de vencimiento.
La elección entre feed, stories, cuentas privadas o mensajes directos también modifica la manera de construir una identidad en redes. Ya no hay necesariamente una única versión de uno mismo para todos los seguidores.
Torossi lo resume con una frase: "La identidad ahora se administra en capas: hay una versión para la vidriera y otra para la complicidad diaria".
Quizás por eso la pregunta no sea si los jóvenes abandonaron Instagram. Siguen entrando, mirando, compartiendo y conversando. Lo que cambió es cuánto de su propia vida quieren dejar registrado en el perfil.
En ese mapa, "amigos" empieza a convertirse en "seguidores", mientras las conversaciones personales encuentran otros espacios. El feed sigue ahí, pero ya no concentra toda la vida digital.
Instagram no desapareció. Tampoco las ganas de mostrarse. Cambió la forma de hacerlo: qué queda, qué desaparece, cómo y, sobre todo, quién tiene permiso para verlo.


