"Qué olor" en Tucumán: la noche en que el humor prohibió celulares y el público contó todo
Charo López y Noelia Custodio convirtieron un teatro lleno en una conversación íntima, ácida y absurda. La participación del público tucumano.

Resumen para apurados
En Tucumán tenemos un tema bastante particular con el olor. Más de una vez salimos a la calle, respiramos y nos preguntamos: "¿Qué olor es ese?". Puede venir del ingenio, de la basura o de algo que nadie termina de identificar, pero lamentablemente nos caracteriza. Aunque las protagonistas de esta nota nunca lo mencionaron, el nombre del show tenía un sentido extra en su presentación de la noche del viernes en el teatro municipal Rosita Ávila.
"Qué olor" es un show que nació en el streaming de Gelatina y que en su puesta en vivo arrancó con una indicación un poco contradictoria: guarden los celulares. Antes de que Charo López y Noelia Custodio aparecieran en el escenario, la pantalla lanzó una advertencia en letras grandes: "WARDA". Debajo, el pedido de no grabar ni sacar fotos y, en lo posible, dejar el teléfono guardado durante la función.
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Por una hora y media, lo que pasó en esa sala debía quedar ahí. No era un capricho. "Qué olor en vivo" nació, justamente, de todas esas cosas que ellas no pueden decir con la misma libertad frente a las cámaras de su plataforma. Sin celulares apuntándolas ni frases esperando convertirse en el próximo clip, se armó una especie de intimidad compartida con el público. Una intimidad bastante particular, eso sí: el lugar estaba lleno, con unas 300 personas escuchando, opinando y contando experiencias que quizás no repetirían ni en una reunión familiar.
Las luces se apagaron poco después de las 21 y Charo y Noelia entraron. El primer acercamiento con Tucumán llegó por el camino más seguro: la comida. Las empanadas y el sánguche de milanesa llevaron a Charo a una rápida conclusión: "Los tucumanos tienen el estómago fuerte". Y alcanzó para soltar las primeras risas.
En ese arranque también se colaron el sexo, la política y la actualidad. Javier Milei, Alejandro Fantino y la coyuntura nacional aparecieron en la conversación que no devino nunca en discurso. Un tema llevaba al otro; una observación terminaba en un chiste y, cuando parecía que la charla podía ponerse seria, alguna de las dos encontraba la manera de correrla hacia otro lado.
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Lo que vino después no fue una obra ni una rutina tradicional de stand up. Había una estructura, sí, pero podía cambiar en cualquier momento. Alcanzaba con que alguien levantara la mano, gritara una respuesta o agregara un dato que nadie había pedido.
El público no fue solamente a mirar: también llevó parte del material. Uno de los momentos centrales fue la consigna de la noche: contar experiencias de "mal viaje". Noelia abrió la ronda con la historia de unas gomitas con marihuana. El problema no terminó con el efecto: después tenía que ir a trabajar a su programa en Olga e intentar seguir como si nada.
Charo aclaró que no consume, aunque sí tiene su propio método para buscar sensaciones intensas. Contó una experiencia entre saunas, piletas heladas y cambios bruscos de temperatura que, a medida que avanzaba, sonaba cada vez más peligrosa, pero el coro de risas se mantuvo más de un minuto y terminó en aplausos.
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Después llegó el turno de las butacas. Varias personas se animaron a compartir sus experiencias y los detalles empezaron a crecer con cada relato. Hubo marihuana, paranoia, relaciones, decisiones dudosas y escenas que seguramente fueron mucho menos graciosas mientras estaban ocurriendo.
Charo bajaba con el micrófono y recorría la sala en busca de cada historia. Noelia, desde el escenario, preguntaba y sumaba comentarios. Entre las dos iban encontrando los remates, aunque muchas veces el propio relato ya venía con todo lo necesario.


Ninguna historia terminaba donde parecía. Cuando alguien estaba por cerrar, surgía un detalle más. Después otro. Y a veces una aclaración que nadie había pedido, pero que cambiaba por completo lo que se acababa de escuchar.
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El público tucumano tampoco se quedó corto. Opinó, respondió y agregó comentarios durante casi toda la noche. En un momento, tuvieron que señalarlo: "Chicos, hablan mucho". La frase generó todavía más risas y, por supuesto, no consiguió que la sala hablara menos.
La marihuana entró al Rosita Ávila como una consigna. Esa noche se habló del tema en voz alta, desde el escenario y frente a una sala llena. En la provincia todavía suele despertar cuestionamientos y miradas incómodas, no pasó inadvertido y cada experiencia terminó en el humor.
Cada persona que participó recibió un premio. Hubo vino, una picada, pan, maní, una manta, una bolsa de agua caliente y un batidor de huevos. También apareció un jabón líquido para la ropa. Porque alguien puede contar una anécdota frente a 300 desconocidos y volver a su casa con un Ariel bajo el brazo.
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Los regalos no tenían ninguna relación entre sí y ahí estaba buena parte de la gracia. Nadie sabía qué iba a salir de abajo de la mesa. Cada objeto parecía más inesperado que el anterior, pero todos encontraban rápidamente una utilidad posible o, al menos, un comentario.
Lanzaron alfajores hacia las butacas y durante unos minutos el teatro se convirtió en una competencia para ver quién atrapaba uno. Algunos cayeron justo en alguna mano; otros obligaron a estirarse un poco más de la cuenta.
Cuando llegó el club de lectura, el elegido fue "Guillote", el libro autobiográfico de Guillermo Coppola. Noelia intentaba avanzar con un pasaje en el que una monja contrataba a un taxi boy y después se quejaba porque no había quedado conforme con el servicio. Mientras ella leía, Charo interpretaba a la religiosa. Cada nueva queja venía acompañada por un gesto, una cara o una reacción distinta. La primera trataba de sostener la lectura y la otra hacía cada vez más difícil que pudiera continuar sin reírse.
Ahí también estaba una de las claves del show. Los temas aparecían sin demasiada preparación. Todo podía entrar en la misma noche y convivir con el resto sin que nadie tuviera que explicar demasiado la relación entre una cosa y la otra.
Cerca de las 22.30, la función terminó y los celulares volvieron a salir. Charo y Noelia habían anticipado que después se quedarían para tomarse fotografías y cumplieron. La mayoría del público no se fue. Se formó una fila larga que avanzó lentamente hasta ellas.
Nadie parecía apurado. Después de haber compartido historias, regalos, alfajores y comentarios , faltaba esa última parte: acercarse, saludarlas y llevarse una imagen de la noche. Pero entre una foto y la otra quedó algo que ningún celular registró: una conversación ácida, absurda que solamente tuvo sentido para quienes estuvieron ahí.


