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Milei, Bullrich, el huevo y la gallina: dos visiones que buscan sostener el modelo o apuntalar el voto

<b>Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA</B>.

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Milei, Bullrich, el huevo y la gallina: dos visiones que buscan sostener el modelo o apuntalar el voto
Milei, Bullrich, el huevo y la gallina: dos visiones que buscan sostener el modelo o apuntalar el voto

Resumen para apurados

En estos últimos días, la política habló de futuro y, al menos, una parte del mundo de los negocios pareció escucharla. Desde París, Javier Milei insistió con la necesidad de mostrar una Argentina previsible, capaz de atraer capitales y de multiplicar inversiones en energía, minería e infraestructura. Los anuncios llegaron, igual que las promesas de grandes desembolsos para los próximos años. Incluso, el Presidente se permitió otra vez proyectar para 2028 lo que definió como uno de "los mejores momentos económicos de la historia nacional".

Sin embargo, en cada oportunidad que el discurso oficial parecía que encontraba un punto firme de apoyo en el mercado y los factores de decisión, quizás también entre los votantes, surgían reservas, dudas o interrogantes. En definitiva, siempre había un "pero". Y en la semana ese reparo se expresó de diferentes maneras: en el riesgo país, en la comparación con Brasil, en las discusiones empresarias de IDEA,Patricia Bullrichmediante y hasta en las preguntas que empezaron a surgir sobre la continuidad política del proyecto oficialista.

Un aspecto central del momento no fue una inversión ni una promesa, sino el llamado riesgo país, valor que sigue muy lejos (y en alza) de los niveles que el Gobierno considera compatibles con la normalización financiera. Los mercados suelen tener una costumbre incómoda que va más allá del marketing que emplean los funcionarios para vender eventuales logros: escuchan, observan críticamente los anuncios, calibran los tiempos de maduración y después revisan los números. Su voto no se expresa en una urna, sino en el precio de los bonos soberanos. La mecánica numérica es sencilla: cuanto menos valen esos títulos, más deben rendir para atraer compradores y mayor es el riesgo que presenta un país.

El paralelismo con Brasil resulta inevitable. Allí, la polarizada elección de mañana (primera vuelta) mantiene abierta una fuerte disputa política e ideológica. Sin embargo, esa incertidumbre convive con una prima de riesgo (alrededor de 180 puntos básicos) muy inferior a la de la Argentina que ronda los 660. En este ítem, la situación presenta una paradoja distinta: aun con anuncios importantes de inversión y con elogios reiterados al rumbo económico, las dudas siguen reflejándose en el costo que debería pagar el país para financiarse. Es como si los mercados reconocieran algunos avances, pero todavía no estuvieran dispuestos a firmar el certificado definitivo de confianza.

La propia argumentación presidencial ayuda a entender parte de esa discusión. Milei señaló que el horizonte económico que imagina depende de una condición política ineludible: la continuidad y la persistencia en la normas de la ortodoxia y para ello, dijo que tiene armada una "bazooka" cargada con 70 mil millones de dólares. Previsor, no quiere que en un año electoral le ocurra lo que le pasó a sus antecesores con la demanda de divisas y por eso, avisó. En otras palabras, el Presidente no presenta el crecimiento como una consecuencia automática de las reformas actuales, sino como el resultado de sostenerlas en el tiempo.

Y es allí cuando aparece una pregunta que recorrió los despachos de los empresarios, mesas financieras y conversaciones políticas durante la semana que se cierra: si el rumbo es el correcto, ¿qué es exactamente lo que todavía espera el mercado? Probablemente que no haya desmadres de los fundamentos del modelo, pero que se observe mayor acción en materias sensibles como actividad, empleo, ingresos y consumo o sea, una sintonía fina que lleve la economía al bolsillo de quienes van a votar el año próximo.

Esa misma discusión es la que introdujo Patricia Bullrich en IDEA en Mar del Plata, tema que puso presumiblemente nerviosos a varios funcionarios del Gobierno que seguían el encuentro empresarial desde Francia. Es que la senadora por segunda vez en una semana habló de cuidar el modelo para que el proyecto vuelva a ganar, pero evitó otra vez nombrar al Presidente. Habló del "proyecto", no de la persona. Ese detalle no pasó inadvertido entre los empresarios del "círculo rojo", donde se generó una pregunta inédita: ¿puede haber modelo libertario sin Milei?

Como una variante de lo anterior, lo que surge de esta postura es una especulación: ¿la exministra representa para los hombres de negocios una especie de "peronismo sin Perón"? No porque ella quiera cambiar el rumbo económico, sino porque lo que promete es mantener las reformas sin los modales agresivos del Presidente, que tanto preocupan al empresariado, sobre todo por "piantavotos". Si bien apoyan el rumbo del Gobierno, temen al costo que paga Milei por pelearse con todo el mundo. Las palabras del arzobispo Jorge García Cuerva —quien advirtió que el Papa vendrá a un país "herido, dividido y en crisis" donde "la intolerancia y la descalificación son moneda corriente"— reforzaron esa idea: para muchos, las formas también importan.

Y ahí aparece un nudo esencial de la cuestión, el que se le planteó en Estados Unidos la semana anterior y que parece que el Gobierno (o quizás sólo el Presidente) no calibra del todo. Hay números de la economía que dan bastante mejor que el año pasado y otros que aún necesitan tiempo, pero está claro que el rumbo cambió. Sin embargo, la desconfianza sigue ahí. Ya nadie discute tanto las medidas en si mismas, sino la capacidad del Gobierno para sostenerlas en el tiempo. La duda no es hacia dónde se marcha, sino si este cambio llegó para quedarse o si en un par de años se volverá todo a foja cero.

La estrategia del Presidente no parece ser solo económica, sino también una jugada política por etapas. En este sentido, lo que se observa es que Bullrich y Milei van por caminos diferentes. Él supone que primero necesita el "voto" de los inversores: que pongan la plata hoy, confiando en que el país va a mejorar y que después vendrá el "voto" de la gente en las urnas, para validar el rumbo. El problema es que la senadora suele decir (y de seguro lo sabe por su experiencia fallida con Mauricio Macri) que los empresarios en general no arriesgan si no observan estabilidad política, ya que prefieren esperar a ver qué vota la sociedad, antes de poner un solo dólar.

La apuesta es bastante circular: o el huevo o la gallina. El inversor debería votar con su dinero, pero parte de su decisión depende de un voto popular que todavía no ocurrió. Y muchos ciudadanos deberán decidir sin saber aún si esas inversiones van a llegar efectivamente o si permanecerán en el terreno de las promesas derivadas del "a ver qué pasa".

La paradoja es sencilla de describir; todos están esperando una señal del otro. El Gobierno aguarda inversiones, los inversores continuidad y los votantes resultados. Y está claro que, si todos esperan que el otro mueva primero, nadie moverá y el de la parálisis es el peor de todos los escenarios. Quizás por esa cuestión de fondo, el riesgo país está tan encabritado.

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