Mientras Osvaldo desafía al cerro, su familia corre contra el reloj: la otra carrera que viven su hija y esposa en el Trasmontaña
Detrás de los bikers que desafían el barro y la bruma, hay un equipo invisible que no descansa. Madrugadas, frío, bebidas listas y una logística perfecta: Florencia y María Paz corren su propia carrera desde los puntos de abastecimiento.

Resumen para apurados
Los últimos 10 minutos previos a la largada pueden determinar toda la carrera. "Visualizás, repasás todo lo que estudiaste previamente", cuenta Osvaldo Morales, competidor de la categoría Master B2 en el Trasmontaña 2026. Detrás de él, las reposeras ya se levantaron; el clima del calentamiento dejó de ser mates y bicicletas fijas improvisadas. Un despliegue comienza a gestarse de fondo en la carpa. Florencia saca la Coca-Cola común y vuelve a colocarla con cierto apuro en la conservadora. No encuentra una posición cómoda para las gaseosas que deben quedar listas en su ausencia. "Perdón, es todo parte de la preparación". Sus disculpas anteceden todo un ritual que gira en torno a un único momento clave. El hielo en el centro, los envases a los costados. Todo apretado y en su lugar. Clack. La traba de la conservadora azul encastra perfectamente.
"Este me vas a dar abierto", le indicó Osvaldo a "Flor". La esposa asiente; con 11 años de asistencia, ya conoce cada maniobra. Al lado está María Paz, quien espera y acata las órdenes. El cuellito naranja le cubre la mitad de la cara y el camperón rosa le dobla en tamaño. Ella también conoce su rol en el instante crítico. Cada paso está pensado y cada miembro es esencial.
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La niebla se hace lugar en la carpa. La lluvia incesante golpea y hace el clima más incómodo, pero nada de eso se advierte en sus caras. La pequeña apenas se aleja unos centímetros de su padre, quien se cambia el "jersey" por uno mangas cortas. "La banana se me va a convertir en asado", advierte riéndose la niña de 9 años, mientras el humo de la fogata provisional se acerca. "Ella acompaña siempre, viene a todas las carreras. También pedalea", cuenta su padre. Pero hoy el clima no es el más indicado y Paz tuvo que dejar su bici en su casa en el centro de Tucumán.
El hombre ya sacó la bici del rodillo. Ya no es más un aparato fijo. Las pastillas de membrillo están en su bolsillo. Aprieta la rueda con fuerza, presiona los frenos, empuja la bici y sale. "El objetivo es siempre terminar, terminar sanos", cuenta Osvaldo. "Y disfrutarlo", agrega "Flor" a lo lejos.
La esposa corre y a la largada ya no le quedan minutos. "Ova" se despide de Paz y se pierde en la arboleda y la niebla. De ahí ya no hay descanso. La carrera ahora toma circuitos distintos y otros tiempos. Todo ocurre antes del momento clave, cuando el desgaste del Río Sucio, las 7 Maravillas, las piedras y el barro se agolpan en un segundo. María Paz se fija en el video que grabó de su papá. "Salió en horario. En dos horas", calculan madre e hija sobre cuánto tiempo tienen para maniobrar.
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"Me encanta venir. Cuando largan y verlos así, rozando por todos lados", cuenta Paz, mientras se dirige al auto donde "Moni" y "Marce" esperan ya cargadas con lo necesario. "Hice muchas carreras, en Aguilares tuve que hacer bajadas muy hondas", recuerda la pequeña de 9 años. "Su sueño es correr un trasmontaña con el padre. Esperemos que llegue con la edad", agrega "Flor".
"Somos amigas por ellos", relatan mientras el auto se mueve entre la caravana infinita. No hay tiempo que perder. Osvaldo y Jorge estarían cruzando los primeros 30 minutos de la carrera. Para la hora, ellas necesitan estar en el punto clave. "Y no competimos. ¿El apoyo familiar será, chicas?", Flor intenta encontrar una razón a ese despliegue que subyace a la competencia principal.
Las rutinas familiares cambian cuando la carrera se acerca. Horarios cuidados, comidas cuidadas. El día previo, mientras los corredores se acostaban antes de las 9 de la noche, "Flor", "Marce" y "Moni" aún seguían guardando y empaquetando. "Eran las 11 de la noche y recién me bañaba", advierte una de ellas.
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"No me podía dormir pensando en que todo salga bien", cuenta Marcela. "Nosotras las mujeres nos ponemos en contacto. Abastecer puede ser mucho más duro que la carrera", agregan. El frío, las horas de espera, la incertidumbre, los nervios y los miedos se acumulan en el punto de abastecimiento: "Tenemos que ser muy rápidas con la asistencia. Es el trabajo invisible de las mujeres", sentencia Flor, quien agrega que todo ese esfuerzo es valorado en el grupo.
Ya pasaron poco más de 40 minutos. Arribar a El Siambón implica un despliegue técnico inesperado. Del baúl salen paquetes de chips, maníes. Un desayuno se improvisa en el auto, pocos minutos antes de entrar al frío gélido, donde la altura hace que los grados disminuyan abruptamente. La lluvia no cesa y pronto llegará el momento clave.
Paz come los maníes de a uno. Mientras tanto, busca en el celular de su mamá la foto de su nueva bici que le regalaron por su cumpleaños, una rodado 24. Probablemente la de su papá sea rodado 29. Es el Día del Niño y para la pequeña de 9 este es el festejo: maníes y acompañar a su papá. "Paz se visualiza en unos años haciendo el trasmontaña. Ella, en vez de festejar con los amigos, se la pasa acá todos los años". Paz tiene muy en claro su objetivo. "Ahí es cuando estaba 'envolvida'", dijo, mientras mostraba la imagen de su nuevo transporte, una bici rosa y blanca. A Paz le ofrecieron quedarse en casa, pero ella se negó. "Se la banca", agrega Marce.
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Florencia repasa en voz alta lo que tiene que hacer pronto: "Agua, activator, caramañola". "¿Cómo era el número de placa?". Paz lo recordaba a la perfección: "2471", advierte.
Una bruma espesa tapa la salida de los bikers hacia la ruta. Las exigencias se acumulan en aquel punto. Sopesan las cargas, el barro, las piedras, el cansancio. Alguien grita "¡aceite!" a lo lejos, y múltiples personas hacen eco del reclamo. Todos le acercan gaseosa al desconocido. "¡Vamos que llegamos!", le grita Flor. Se ofrecen mandarinas, gomitas. No importa para quién sea, si un familiar o un rival. Aquel lugar es un abrazo de abastecimiento.
"Ahora es cuando tiene que llegar y me pongo un poquito más ansiosa. Uno siempre está pidiendo por dentro que todo salga bien. Yo le tengo fe pero bueno, el cerro es el cerro". Paz ya se había ido con las amigas de su mamá. Flor teme que se enferme. La lluvia cae con más fuerza y el frío congela las manos. Pero Flor se mantiene ahí: en una mano la caramañola, en la otra el gel.
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Hasta que aparecieron el "jersey" azul y los botines amarillos. Osvaldo tiró la caramañola en un acto instintivo. Flor corrió detrás de él; por unos metros ella fue quien competía en la carrera. Osvaldo estaba preocupado porque su compañero no aparecía, pero un minuto después todo se acomodó. "¡Te espera el Ova, dale!", le gritó Flor. "Ya está, el alma al cuerpo", suspiró.
Pero ahora no tenía con quién volver. Sus amigas y su hija se fueron. "Vamos a hacer dedo, hay que intentarlo". Uno, dos, tres autos pasan. Florencia no perdió la convicción. Una camioneta azul fue la asistencia. Dos chicas, una de Buenos Aires y la otra de San Juan. Venían al trasmontaña hace ocho años. Coincidieron en que la asistencia era lo más duro. Contaron la vez en que tuvieron que esperar seis horas y media. "Fue desesperante. Sufrimos un montón. No conocíamos. Pensábamos que a las tres horas iban a estar ahí".
Hablaron de carreras, de trail. De que los viajes en familia se acomodaban a las competencias en Salta o Córdoba. La esposa contó que conoció a Ova por la bici, que un accidente en Río Muerto los unió. "No me sometería nunca a eso de competir", agregó, remarcando que prefería las asistencias estratégicas y la entrega incondicional. Al llegar, Flor descubrió que quienes la habían trasladado eran las campeonas del trail previo, Valeria Fernández y Rocío Mendoza, con 2h59m51s.
La llegada a dedo funcionó. Faltaba poco tiempo para que Osvaldo llegara. El único descanso fue el recorrido hasta La Sala. "Este es el segundo momento", advirtió Flor, quien no paraba de mirar hacia atrás para fijarse si su marido estaba llegando, mientras el tiempo pasaba y los nervios crecían con Paz esperando con la cámara preparada. Hasta que de nuevo una mancha azul salió de la espesura.
"Gracias Dios mío", suspira Flor mientras se masajea un poco el pecho con los ojos aguados, admirando la escena. Osvaldo, tranquilo, baja de la bici. "Mirá acá", grita Paz e inmortaliza un nuevo momento. Una jornada de desgaste en la que no solo hubo piedras, barro, árboles o bosques. Del otro lado, la carrera fue de cariño, espera y entrega completa.
La llegada fueron abrazos, balances y reconocimientos. "Llegamos en el tiempo en que teníamos estipulado llegar. Y el grupo de abastecimiento, perfecto", completó el corredor. La mamá y la hija sonrieron. Otra carrera completada, aunque Flor se niegue a competir.
Ahora queda el asado, el que dejaron en manos del catering para que esta vez nadie tenga que cansarse de más.


