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La era de la inmediatez genera una humanidad más enferma por la impaciencia

Las personas prefieren una recompensa pequeña inmediata, antes que una mucho mayor a futuro.

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La era de la inmediatez genera una humanidad más enferma por la impaciencia
La era de la inmediatez genera una humanidad más enferma por la impaciencia

Resumen para apurados

La aldea global, influenciada por la penetración de las nuevas tecnologías, va sacando el estatus de virtud a la paciencia. Parece algo inevitable porque las redes sociales están diseñadas con la configuración del "scrolleo", ese sutil movimiento de deslizar el dedo en la pantalla del celular para que siga bajando la información que parece infinita. Los neurocientíficos lo describen como una acción para buscar estímulos rápidos y dopamina (el neurotransmisor del placer) inmediata. Esta cultura no tolera los tiempos muertos o de pausa.

La neurociencia tiene identificado el "mapa" de la paciencia en el cerebro. Hay dos áreas clave: la corteza prefrontal, ubicada justo detrás de la frente y el sistema límbico y la amígdala, en la parte más profunda. La primera es la parte más evolucionada del cerebro humano y se encarga de la planificación, el autocontrol, la lógica y la evaluación de consecuencias a largo plazo.

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La otra busca el placer inmediato. Cuando algo se retrasa, la amígdala lo interpreta como una amenaza o una injusticia, disparando la frustración, el enojo y las ganas de huir o pelear.

Los estudios muestran que nuestros umbrales de espera se han desplomado drásticamente debido a la tecnología y la gratificación instantánea. Investigaciones sobre consumo digital (como las de la Universidad de Massachusetts Amherst) revelaron que las personas empiezan a abandonar un video en línea si tarda más de dos segundos en cargar.

El problema actual es que el mundo digital nos satura de "chispazos" de dopamina instantáneos (un like, un mensaje, un video corto). Cuando nos enfrentamos a la vida real -donde las cosas tardan horas, meses o años-, el circuito de la dopamina se desploma, y el sistema límbico toma el control en forma de estrés e impaciencia.

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La impaciencia crónica tiene un costo biológico y psicológico real. Cuando nos impacientamos, el cuerpo lo interpreta como una situación de amenaza o frustración. A largo plazo, esto provoca daños a la salud física aumentando el riesgo de hipertensión y enfermedades del corazón. Vivir en un estado de urgencia constante altera los ciclos de sueño y el sistema digestivo (colon irritable, acidez).

La impaciencia afecta la mente y las relaciones interpersonales. Como la vida real no se puede adelantar como un audio de WhatsApp, la realidad genera frustración crónica que desemboca en ansiedad y depresión. Tomar malas decisiones es más habitual porque el estado de impaciencia genera impulsividad. Por ejemplo en finanzas, salud o relaciones, hacer algo a corto plazo suele traer problemas a largo plazo.

La inmediatez nos vuelve menos empáticos y más intolerantes con los ritmos de los demás. Los vínculos se deterioran porque las relaciones humanas requieren tiempo, conversaciones lentas y asimilación. La paciencia no es un recurso fijo con el que se nace o no; la neurociencia ha demostrado que es como un músculo, afortunadamente. Se la puede entrenar para la espera mediante la meditación, el aburrimiento consciente y la práctica de la gratificación postergada.

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