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Huevos de campeón

Pintaba para eliminación y fue triunfo épico en los diez finales más el descuento. Messi erró un penal pero nos rescató. Paredes la rompió. El campeón está más vivo que nunca.

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Huevos de campeón
Huevos de campeón

¿Por qué los campeones son campeones? Porque tienen alma. Porque tienen sangre, vergüenza, bravura, coraje. Porque desafían al destino, porque se rebelan ante las escrituras, porque creen en los sueños imposibles y tuercen la historia. Porque saben jugar al límite, cruzar el infierno y producir milagros como los de estos muchachos que hoy se revivieron y nos revivieron. Si todavía alguien dudaba de la candidatura argentina, de sus credenciales para pelearle a Francia o al cuco que venga, habría que ver cómo se vivió este triunfo épico en las concentraciones rivales. Candidato o no, Argentina es, antes que nada, un campeonazo. Un campeón del recontra carajo. Inolvidable. "¡Qué grupo de jugadores, hermano!", fue lo único que le salió al final a Scaloni, que no pudo seguir hablando, roto por la emoción.

El que le quiera ganar a la Selección sabrá que tiene vulnerabilidades, puntos oscuros, grisuras. Pero también habrá visto que para ganarle no alcanza ni con un 2-0 a los 78'. No alcanza con que Messi esté jugando probablemente su peor partido en la Selección, no alcanza ni con tres egipcios contra Paredes. Más allá de los goles, de su épica conmovedora, esa jugada resume el espíritu argentino. Una estampida de egipcios contra el 5, y el quite impresionante que salvó a la Argentina de lo que en todos los libros era el tiro del final.

El gol del Cuti tuvo el valor de rescatarnos, de ponernos a creer lo imposible con un cabezazo que entró de prepo. El de Messi fue el desahogo inmenso, por él y por todos, el grito salvaje y la certeza de que aquello que había arrancado torcido, podía finalmente enderezarse. Y el tercero fue la locura más absoluta, el abrazo último, definitivo, el corazón latiendo desbocado, fue el orgullo propio y la envidia ajena. No se puede ganar así, Argentina. No se puede. Qué maravilla.

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En medio de este sentimiento que no se puede contar, es casi un pecado ponerse a hablar de causas y consecuencias, a analizar por qué llegamos a ese precipicio emocional, pero es necesario cuando no obligatorio. Así como hay padres de esta alegría, también hay que desmenuzar las responsabilidades que nos llevaron al borde del nocaut. Messi, el mismo Messi que clavó el zurdazo glorioso del 2-2, volvió a errar un penal y esta vez le costó mucho más salir del pozo. Puede sonar hasta irrespetuoso, pero teniendo en cuenta los últimos antecedentes, tal vez convendría cambiar de ejecutor. No faltan, precisamente. Y hay que limpiar la cabeza. Al margen, lo que siguió del capitán fue un mal partido en el cual necesitaba dos intentos o tres para pasar con un centro al rival más cercano. Si uno va luego a la frialdad de los números, encontrará una asistencia y un gol en la foja final del 10. Pero su llanto interminable post partido, peleando contra la angustia interna, habla de una situación especialísima.

El equipo funcionó mejor con Paredes, que expuso en dos horas el manual del mediocentro: mil toques precisos, pelotazos impecables, aquel quite fantástico en la jugada que nos pudo haber clavado un puñal de muerte. No sólo fue su prestación sino el efecto liberación para el resto. Mejoró Mac Allister más cerca de Leo -el arquero le tapó un cabezazo feroz. Y aunque también se soltaron más Enzo y De Paul, ninguno de los dos tuvo un buen partido más allá del aporte invalorable del primero de ellos. Al volante del Inter Miami, sobre todo, se lo notó impreciso y sin peso. Tagliafico anduvo muy bien en ataque y mal en defensa, Licha Martínez perdió en los dos goles, seguimos dando vueltas sin encontrar el lateral derecho, Julián tuvo una clara y no pudo... O sea: problemas viejos y algunos inesperados.

Y dentro de los motivos de lo que pudo haber sido eliminación también está un Egipto que nos hizo sufrir con ganas por su velocidad, con las contras precisas y hasta con su costado ladino, casi sudamericano, exasperando con el tiempo que hizo.

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Pese a todo, este partido marcó el regreso del campeón. Por chapa, por estirpe, por talento, por los huevos inmensos. Un campeón imperfecto porque no existe la perfección en el fútbol, pero sin dudas esta es una actuación que agiganta la imagen de Argentina, que mejora notablemente lo hecho hasta ahora en el Mundial y que lo obligó a levantar un resultado, algo de lo que evidentemente también es capaz.

Scaloni se lleva, además de la emoción, la certeza de Paredes como eje total del equipo, los buenos ingresos de Lautaro y en menor medida de Nico González y también algunas preocupaciones que había enunciado en la previa, como las transiciones rápidas del adversario que quiso evitar y no pudo. Con lo que podrá contar seguro, siempre, es con el corazón de este equipo. Con su garra argentina hasta la médula. Con su espíritu indómito. Con su valentía y su carácter de campeón. Porque si una palabra define a Argentina, más que ninguna otra, esa palabra es campeón. Y el campeón está vivo. Listo para dar otra batalla.

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