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Fue campeón con Boca y River, lo echaron de la Selección y estuvo preso por narcotráfico

Convirtió goles clave para Boca en finales de las copas Libertadores e Intercontinental. Fue parte del River que terminó los 18 años sin títulos. También mandó al descenso a San Lorenzo y jugó en Independiente, pero su biografía excedió lo deportivo: tuvo una fortuna y la desperd…

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Fue campeón con Boca y River, lo echaron de la Selección y estuvo preso por narcotráfico
Fue campeón con Boca y River, lo echaron de la Selección y estuvo preso por narcotráfico

Convirtió goles clave para Boca en finales de las copas Libertadores e Intercontinental. Fue parte del River que terminó los 18 años sin títulos. También mandó al descenso a San Lorenzo y jugó en Independiente, pero su biografía excedió lo deportivo: tuvo una fortuna y la desperdició. Murió el martes pasado. Tenía 70 años.

Si hay vidas de futbolistas que merecen una serie, la de Carlos Horacio Salinas debería ser candidata. Fallecido el martes pasado, el 1º de septiembre, a sus 70 años, la trayectoria del Loco reunió a la concreción de los sueños más sublimes de cualquier deportista argentino con los sobresaltos de una biografía demasiada agitada -no pocas veces al margen de la ley- que vivió fuera del campo de juego.

Desde lo deportivo, entre 1974 y 1986, Salinas construyó una carrera maravillosa. Siempre como volante ofensivo de buen juego y guapo, de entrega total, un único párrafo quedaría demasiado exiguo para contabilizar todos los triunfos del Loco:

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Representó a la Selección Argentina y convirtió goles en el estadio Azteca, símbolo maradoniano.Debutó en River y formó parte del equipo dirigido por Ángel Labruna que en 1975 rompió la maldición de los 18 años sin salir campeón.Se cruzó de vereda y anotó tantos decisivos para que Boca ganara las copas Libertadores 1978 (ante Deportivo Cali, en la final) e Intercontinental 1977 (contra Borussia Monchengladbach, en Alemania).Pasó a Argentinos como parte de pago del pase de Diego Maradona y marcó el gol que mandó al descenso a San Lorenzo en 1981.Formó parte del Independiente de Ricardo Bochini.Ya en el ocaso de su trayectoria, compartió los últimos flecos de su talento en el fútbol colombiano que empezaba a sacudirse por el dinero que inyectaban los carteles del narcotráfico, entre ellos el de Pablo Escobar, y se despidió de Primera División en Racing de Córdoba, en 1986.

En simultáneo, sin embargo, las polémicas siempre acompañaron su temperamento explosivo. Según reconoció él mismo, su falta de disciplina lo marginó de la selección de César Luis Menotti y, ya con la camiseta de Boca -no la que más vistió pero sí la que más amó-, agredió a árbitros y recibió sanciones fuertísimas, de hasta 26 fechas. En su paso por Chacarita, además, se peleó a golpes de puño con rivales y fue derivado a una comisaría.

Esa carrera gloriosa y convulsiva se complementó con su vida por fuera del fútbol, donde sus días y -especialmente- sus noches transcurrieron en una montaña rusa y, muchas veces, pareció precipitarse al vacío. Según alardeó, llegó a tener "dos millones de dólares en el bolsillo", se volvió de Colombia con tanto dinero que debió pegarse los billetes a su cuerpo con cinta adhesiva porque no le entraban en la valija y compró siete departamentos en Buenos Aires y dos autos de lujo BMW. Todavía no había terminado de jugar cuando ya había despilfarrado toda esa fortuna. Lo peor, incluso, estaba por llegar.

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Poco después de su retiro, mal rodeado, vencido por las adicciones y convertido en un protagonista de la noche porteña, en 1987 fue detenido bajo la acusación de narcotráfico y pasó tres meses y medio en la cárcel de Devoto. Las turbulencias siguieron acompañándolo cuando recuperó la libertad y, según recortes de la prensa -que él siempre negó-, intentó quitarse la vida al año siguiente, en 1988. Alejado del fútbol durante décadas y sin ganas de probarse como técnico ni ayudante, nunca se arrepintió de sus excesos y locuras.

Acorde a una vida de novela, sin embargo, gran parte de su biografía quedó en la niebla de declaraciones confusas, incluso contradictorias, del propio protagonista. Uno de los pocos datos incontrastables de Salinas es que nació el 26 de mayo de 1954 en la Ciudadela, uno de los barrios más populares de San Miguel de Tucumán. También está claro que, junto con sus seis hermanos, necesitó trabajar desde muy chico para ayudar a sus padres: a los 8 años arrancó como lustrabotas en las calles de la capital tucumana y a los 11 repartía bollos en las tribunas de la cancha de San Martín.

En otros momentos, en cambio, su biografía se pierde entre dos o más versiones diferentes sobre un mismo hecho. En el puñado de entrevistas que el Loco realizaría tras su retiro, muchas veces entregó pistas contrapuestas, como si pretendiera esconder parte de la verdad o como si dentro de su vida tan novelesca cupieran miles de posibilidades.

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Por ejemplo, consultado sobre cómo llegó a River en 1974, en 1997 le dijo al periodista Miguel Ángel Rubio, de El Gráfico: "Yo vivía en Tucumán, tenía 17 años, y un cura de acá, que tenía contactos con River, me llevó a Buenos Aires. Me tomé el tren: tardé un día y medio. En una de las primeras prácticas, enfrenté a Daniel Passarella y me tiró un codazo, pero quedé".

Sin embargo, ya en 2016, le daría una versión diferente a otro cronista, Diego Borinsky, también de El Gráfico: "Llegué a River porque la Selección Fantasma se preparaba en Tilcara (en 1973) para jugar contra Bolivia por las Eliminatorias y bajó a Jujuy a jugar un amistoso. El técnico de Gimnasia (de Jujuy) me puso, anduve bien, le hice un par de jugadas a Mostaza Merlo, y a los pocos días me llegaron dos telegramas, uno de River y otro de San Lorenzo, para que me presentara a una prueba".

Como sea, fue aceptado en River, se integró al plantel profesional en 1974 y durante dos años vivió en la pensión del club, entonces ubicada debajo de las tribunas del Monumental. Debutó en la Primera el 19 de mayo de 1974 en un 3-0 ante Banfield como local, cuando a los 10 minutos del segundo tiempo -con la goleada ya sentenciada- reemplazó a Osvaldo "el Japonés" Pérez. Ese año sumaría otras siete presencias, tres como titular y cuatro ingresando en el segundo tiempo, incluyendo el Superclásico del 3 de noviembre en el Monumental, que en ese momento fue celebrado como el centésimo River-Boca oficial de la historia, aunque luego entraría en consideración un partido hasta entonces no registrado, de 1939, por lo que hoy se lo reconoce como el 101.

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Tras el 1 a 1 final, Salinas -que había jugado todo el segundo tiempo en lugar de Jorge Ghiso- cometió una excentricidad que se convertiría en un punto de fuga para su biografía. Al finalizar el partido, el Loco cambió la camiseta con uno de los jugadores de Boca, Marcelo Trobbiani, y poco después se la puso en su torso para caminar de azul y amarillo por dentro del club de Núñez, incluyendo la confitería que entonces se denominaba La Máquina y hace pocos años fue rebautizada a 9 de diciembre. Sobre la fecha de ese episodio, sin embargo, Salinas -que siempre fue hincha de Boca aunque hasta entonces no lo había contado públicamente- entraría en una leve divergencia.

Más de una vez, el Loco contó que cometió esa osadía el mismo día del superclásico, minutos después del partido, o sea cuando había cientos de hinchas de River en el lugar, pero en otra ocasión detalló que se había paseado vestido de Boca por el anillo interior del Monumental al día siguiente del clásico, el lunes, cuando el club suele estar cerrado. Como sea, el presidente de River, Rafael Aragón Cabrera, se enteró y le dijo "Usted está loco, ¿cómo va a hacer eso?". Según contó Salinas, esa demostración de amor por Boca cuando era jugador de River lo condenaría: "Me echaron al mes siguiente. Ahí me fui a Chacarita".

Sin embargo, una visita al archivo demuestra que ese castigo disciplinario no existió, o al menos no de ese modo: el Loco siguió en River 14 meses tras ese incidente. De hecho, permaneció durante toda la temporada siguiente en el club de Núñez y -aunque en dosis homeopáticas- fue parte del equipo que terminó con la maldición iniciada en 1957. En concreto, en 1975 Salinas jugó otros cuatro partidos, siempre entrando en el segundo tiempo. Tres fueron en el Metropolitano, el torneo que rompió los 18 años sin títulos -ingresó en las victorias 3-1 ante Ferro y 3-2 contra Atlanta y en la derrota 2-1 frente a Estudiantes-, y uno en el Nacional, en el 2-2 ante Gimnasia de Jujuy, el 14 de diciembre, cuando reemplazó a Oscar Más. Entonces, tras la segunda vuelta olímpica a fin de año, dejó River con 12 partidos y sin goles en su currículum.

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En aquel 1975, en simultáneo, también formó parte de la selección dirigida por César Luis Menotti en los Juegos Panamericanos realizados en México, en octubre. Salinas aportó dos goles para Argentina, uno ante Jamaica en Puebla y otro contra Trinidad y Tobago en el estadio Azteca, que aportaron para el tercer puesto final. La medalla de bronce, sin embargo, no pareció el único recuerdo alegre que le quedó al Loco de su estadía en México. "Menotti me tenía en cuenta pero yo era un sinvergüenza, ya empezaba a salir con las mujeres. El Flaco nos daba permiso hasta la 1 de la mañana y yo volvía a las 3. Cuando volvimos a Buenos Aires, pasé por la AFA y dejé casi todos mis viáticos en multas. Por esa falta de conducta, creo, no me volvió a llamar", dijo.

Ya al año siguiente, en 1976, pasó a un buen Chacarita, entonces en Primera, dirigido por un joven Alfio Basile y alimentado futbolísticamente por Claudio Marangoni y Carlos Ischia. El Loco ganó la titularidad, se quedó también en 1977, sumó 96 partidos y convirtió 19 goles. Lo más recordado de su paso por Chaca, sin embargo, fue una pelea que tuvo con los jugadores de su futuro club. Ya a finales de ese 1977, Salinas agredió a Abel Alves al término de un Chacarita-Boca. Dos compañeros del defensor xeneize, Rubén Suñé y Jorge Ribolzi, quedaron enojados con ese tucumano irreverente, de pasado en River, y en la semana acudieron al entrenamiento de Chaca para recriminarle su actitud. La discusión derivó en una pelea tan brava, en especial con el Chapa, que duró varios minutos y terminó con la intervención de la policía: ambos fueron derivados a una comisaría.

Al técnico de Boca, Juan Carlos Lorenzo, no le importó el altercado y, aunque Boca ya se había consagrado campeón de la Libertadores 1977, pidió su contratación para 1978. Entonces, al fin vestido oficialmente de azul y amarillo -como en la confitería de River, pero ahora para jugar- comenzó la etapa más gloriosa del Loco, campeón de América y del mundo. En Boca sumó 84 partidos oficiales, más otros 45 amistosos, pero todo puede circunscribirse a tres goles -de los 13 que convirtió- que están sellados a la historia grande del club:

Ante River en el Monumental por las semifinales de la Libertadores 1978, el segundo del 2-0 final.Contra Deportivo Cali en la Bombonera por la final de esa misma Copa, el 3-0 parcial del 4-0 final.Frente a Borussia Monchengladbach en Alemania por la Intercontinental 1977, aunque jugada en agosto de 1978, el tercero del 3-0 final. "Yo jugaba en el medio, estaban el Chino Benítez, Suñé y Marito Zanabria, con Mastrángelo y Perotti o Felman arriba. Era el cuarto volante, la rueda de auxilio", se definió.

Sin embargo, la alianza estrecha entre los goles decisivos, en especial en torneos internacionales, y sus expulsiones fue otro sello de su estadía en Boca. La Copa Interamericana que el equipo de Lorenzo perdió contra el América de México en marzo de 1978 es una buena síntesis: el Loco aportó dos tantos en la Bombonera pero fue expulsado en el primer tiempo de la revancha en el Azteca. De todas maneras, la tarjeta roja más famosa que recibió sería ante Huracán en Parque Patricios, el 5 de noviembre de 1978, cuando el Loco tomó del cuello al árbitro, Abel Gnecco -como si lo acogotara-, y recibió 26 partidos de castigo.

Habilitado para jugar únicamente amistosos y torneos internacionales en gran parte de 1979, el Loco no pudo con su mal genio y volvió a ser expulsado en su reaparición en Mar del Plata, en el primer tiempo de un partido de verano, en febrero, ante la selección de Checoslovaquia. Recién cumplió su sanción para el campeonato argentino a fines de septiembre de 1979, pero apenas duraría dos partidos más, ante River y Chaco For Ever, hasta que recibió una nueva tarjeta roja en el encuentro siguiente, contra Estudiantes: Teodoro Nitti lo expulsó y Salinas, irascible (alguna vez contó que recibían inyecciones con sustancias desconocidas, en épocas en no había control antidoping) recibió otras 11 fechas de suspensión.

El presidente de Boca, Alberto José Armando, lo intimó a firmar un contrato por partido jugado, mientras el Loco seguía haciendo de las suyas en los amistosos. En febrero de 1980, ante Peñarol en Maldonado, volvió a ser expulsado y le tiró uno de sus botines a la tribuna uruguaya: se armó tal escándalo con los hinchas locales que el partido fue suspendido. También empezaban sus anécdotas relacionadas a la ostentación del dinero: "Ruggeri (Oscar, entonces un joven que recién debutaba en Primera) me lavaba el BMW", contó. Salinas recién reaparecería en el torneo local en marzo de 1980, en un 2-5 contra River en la Bombonera: apenas había jugado tres partidos del campeonato argentino en los 18 meses anteriores.

A inicios de 1981 dejaría Boca como parte de pago del pase de Diego Maradona. Fue a Argentinos Juniors y jugó seis meses (23 partidos y seis goles) en los que le alcanzó para volver a hacer historia: el 15 de agosto, en la última fecha del Metropolitano, le marcó de penal el gol a San Lorenzo (paradójicamente dirigido por el mismo Toto Lorenzo) que marcó el primer descenso de un club grande y, a la vez, la agónica permanencia en Primera del equipo de La Paternal. Al día siguiente, sin embargo, ya estaba en vuelo hacia España para sumarse a la pretemporada de Independiente, donde tejería una gran relación con Bochini y jugaría 22 partidos y convertiría seis goles entre ese año y 1982, aunque sin títulos ganados.

Todavía joven, pero ya en el tramo final de su carrera, viajaría a Colombia, donde jugaría primero en Deportivo Independiente Medellín y luego en Pereira. "En Colombia jugábamos tan fruleados que gambeteábamos hasta al árbitro", contaría en 1997. En épocas en que los carteles de Medellín (dirigido por Pablo Escobar, justamente hincha del DIM) y Cali (a cargo de Miguel Rodríguez Orejuela) comenzaban a desviar en el fútbol parte del dinero que ganaban por el narcotráfico, Salinas contó que regresó millonario de Colombia: "Para salir del país tenía 400 mil dólares que no sabía dónde poner. Agarré a mi señora y a las dos nenas y les pegué los billetes con cinta adhesiva. Se parecía a la película Expreso de Medianoche. Fuimos al Caribe, Disney y Nueva York. Después perdí todo, pero la pasé bien".

De regreso en Argentina, se despidió de Primera en Racing de Córdoba durante 10 partidos del campeonato 1985/86. El resto fue la posdata: un encuentro en Gimnasia de Jujuy, entonces en el Nacional B, y un tiempo en el fútbol chacarero de Alumni de Villa María. "Cuando volví al país comenzó mi infierno. Después de Alumni me retiré. No podía con mi alma. Tenía menos piernas que una foto carnet", graficaría. Apenas había cumplido 31 años.

A inicios de 1987, recién retirado, una noticia impactó en los diarios, y no justamente en la sección deportiva: Salinas había sido detenido por la división toxicomanía y derivado a la cárcel de Devoto bajo la acusación de narcotraficante. Con el tiempo, y ya aclarada su inocencia, daría diferentes versiones del mismo hecho. A veces dijo que su privación de la libertad había sido un infierno y que nadie del fútbol lo había ido a ver. Otras, que la había pasado bien y que incluso recibió la visita de ex compañeros. Por supuesto, siempre se declaró inocente.

"Nunca tomé nada, ni siquiera una aspirina. Pero me empezaron a llamar falopero y quedó. El problema es que me fui a Bolivia para arreglar con el Wilstermann. Volví a buscar a mi vieja y se pensaban que traía una tonelada de cocaína. A mí la noche me gustaba muchísimo y paré en los boliches más importantes de Buenos Aires. Tampoco me voy a hacer el gil diciendo que desconocía que corría la droga pero, si había gente que se drogaba, allá ellos. Menos mal que jugué en River y en Boca. Me querían dar 12 años de prisión. En la cárcel trabajaba en la cocina, repartía la comida en los pabellones y armábamos picados, pero la pasé feo porque la cárcel siempre es un infierno. Solo me fueron a visitar Bochini y el Pato Pastoriza", declaró en septiembre de 1987, recién liberado, a la revista La Deportiva:

"Fue una cama hermano. No digo que estaba limpio pero nunca le di a la blanca. Escabiaba como loco, eso sí, y fui varias noches a Alcohólicos Anónimos, pero cuando salía me agarraba cada mamúa que no podía hablar. Terminé en la cárcel por error. Venían algunos muchachos y me pedían que llevara papelitos de acá para allá, pero no siempre aceptaba. Y cuando lo hacía, no sabía lo que estaba haciendo. Después de eso me vine a Tucumán, de vuelta, para no aparecer en un zanjón", agregó en 1997, a diez años de aquella estadía en Devoto, en El Gráfico.

"Nunca me comí los barrotes. Cuando llegué a Devoto, me esperaba el jefe de seguridad y el director. 'Somos hinchas de Boca, a este señor mándenlo al pabellón 49', dijeron, y no estuve ni cerca de los otros presos. Me traían comida, facturas, no tuve ningún problema. Eso sí, nunca me vino a visitar nadie", sumó en 2016, también a El Gráfico.

Un año después de recuperar la libertad, el 26 de octubre de 1988, su nombre volvería a aparecer en las noticias policiales. Según diarios de la época, Salinas intentó arrojarse desde el undécimo piso de su departamento en Buenos Aires, aunque la intervención de sus familiares logró evitar el presunto suicidio.

De regreso a Tucumán, se quejaría más de una vez de la soledad y la pobreza en la que había quedado, ya separado de su familia, aunque nunca lamentaría el dinero que había despilfarrado. Varias frases apuntan al dinero perdido: 1)"Tuve dos BMW, un 320 gris y un 320 blanco. Salíamos de joda con otras namis, hasta con Adriana Brodsky", le dijo a Olé en 2008. 2) "Llegué a tener dos millones de dólares en el bolsillo. Me los patiné y no me arrepiento. Si la tenés, gastala. ¿Para que la querés?"; 3) "Llegué a tener siete departamentos y ahora pido de fiado para tres botellas de vino y un pedazo de queso". 4) "Después de separarme, viví un año en el hotel República y otros seis meses en el hotel Libertador, me gustaba que tocaran el piano, la pasaba bien".

Ya en los últimos años, en el codo final de su agitada vida, Salinas volvió a Buenos Aires y pareció recomponerse económicamente: recibía una ayuda de la Mutual de Boca y cobraba el alquiler de un departamento que le había quedado de aquellos años de gloria y locura. Tal vez, algún día, su vida sea película.

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