Encuentran el trapiche que revolucionó la industria azucarera
Desaparecida por 160 años, en el flamante Museo Municipal de la Caña de Azúcar Bernabé Aráoz de Monteros se exhibe una máquina metálica que todavía funciona y que fue recuperada de una casa en León Rougés.

En el interior del flamante Museo Municipal de la Caña de Azúcar Bernabé Aráoz, inaugurado a fines de agosto en Monteros, se cuenta -en el fondo- la historia de una sociedad que creció a la par de sus ingenios. Entre las piezas exhibidas, resalta la historia de un trapiche (una máquina de molienda de la materia prima, hecha de hierro) que Baltazar Aguirre, pionero de la modernización industrial, hizo traer a la provincia por caminos sinuosos y a fuerza de carretas.
Hasta entonces, la producción de azúcar en Tucumán se sostenía con sistemas de trapiches mucho más primitivos, movidos por animales. La llegada de esta pieza, capaz de multiplicar esa producción movida por la fuerza del agua, representó un antes y un después para la identidad productiva de la provincia.
Pero hay una pregunta detrás de esa escena: ¿Es realmente esta la máquina que Aguirre hizo traer desde Liverpool en 1859? El historiador e investigador del CONICET, Daniel Campi, afirma que sí.
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Para el experto, recuperar esta maquina también significa recuperar una parte de la relación de la provincia con su propia historia. Durante mucho tiempo, sostiene, Tucumán miró con vergüenza a la actividad que había definido buena parte de su economía, mirada que se profundizó en 1960: "Hubo una gran campaña de desprestigio. Nuestra industria azucarera era deficiente, era feudal, era prebendaria, era el cáncer de la nación".
Ese clima ideológico acompañó una decisión que terminó con el cierre de 11 de los 27 ingenios tucumanos y provocó una profunda transformación social y demográfica en la provincia. De esa medida dispuesta por la dictadura militar que lideró Juan Carlos Onganía se cumplen 60 años.
Esa relación con la industria, sin embargo, comenzó a cambiar con el tiempo. "Hoy somos orgullosos de tener la industria azucarera que tenemos y de haber podido sobrevivir a tantos golpes", afirma el investigador.
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Para entender por qué un trapiche podía ser tan relevante debemos volver a 1859. Tucumán aún no tenía ferrocarril y la producción azucarera estaba muy lejos de la escala que alcanzaría años después. Los establecimientos aún usaban trapiches de manera. Para Aguirre, intelectual y hacendado, eso no era suficiente.
En 1830, el industrial producía azúcar en un establecimiento situado en "El Alto", lo que hoy llamamos Floresta. Como consecuencia de haber tomado partido por los unitarios durante la guerra civil, debió exiliarse en el Perú, y sus fábricas y cañaverales fueron incautados. Fue allí donde su curiosidad despertó alrededor de unas maquinarias nuevas, fabricadas en Europa.
Al regresar a Tucumán, retomó la producción azucarera, pero esta vez con su idea de tener el establecimiento más moderno del territorio. Contó con el respaldo económico de Justo José de Urquiza, por ese entonces presidente de la Confederación Argentina.
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El objetivo era instalar en Floresta una fábrica equipada con tecnología nueva. El trapiche fue comprado a Edwin Maw, una firma de Liverpool. El modelo había comenzado a fabricarse en 1855 y podía funcionar con tracción hidráulica.
La máquina llegó desmontada hasta el puerto de Rosario. Desde allí tuvo que ser trasladada en carretas hasta Tucumán. Dos ingenieros franceses, Luis Dode y Julio Delacroix, participaron de la instalación.
El trapiche funcionaba con la potencia del agua, lo que significó una de las mayores problemáticas a resolver. El caudal disponible no era suficiente para poner en movimiento la pesada maquinaria, por lo que hubo que realizar obras de conducción del agua y, aun así, el abastecimiento siguió siendo insuficiente.
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A eso se le suma que el terrateniente no tenía suficiente caña propia para alimentar la escala de producción que se proponía. Estos factores, más la constante presión de los responsables contables de Urquiza, llevaron al proyecto a una crisis y el ingenio dejó de funcionar.
Con el cierre del establecimiento, las piezas de aquella maquinaria comenzaron a dispersarse. Según la reconstrucción histórica de Campi, algunas habrían sido adquiridas por otros industriales azucareros de la época. Pasaron las décadas. Tucumán se transformó. Llegó el ferrocarril en tiempos de Nicolás Avellaneda en la conducción del país, crecieron los grandes ingenios, aparecieron nuevas máquinas y la industria azucarera cambió completamente de escala productiva.
Hace unos años, la noticia de la aparición del trapiche metálico comenzó a circular entre un grupo reducido de personas interesadas en la industria azucarera. Según relata el historiador, la máquina estaba en poder de un particular que había reunido piezas provenientes de antiguos establecimientos azucareros y había armado en su casa una pequeña instalación. El viejo trapiche de metal había sido adaptado y en vez de necesitar agua para funcionar, lo hacía mediante un motor eléctrico. Luego la Municipalidad de Monteros tomó posesión del aparato.
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El traslado se concretó en 2023. Hubo que desmontarlo con cuidado, trasladarlo y volver a armarlo. Después fue limpiado y estudiado. Campi participó como asesor en el proyecto de museología y museografía. La decisión fue construir parte del relato del museo alrededor de aquella pieza. "Es la joya del museo", dice.
La máquina tiene varias características que alimentan la hipótesis de que se trata del trapiche de Aguirre.
Una de las más visibles se puede leer en uno de sus engranajes: "EDWIN MAW LIVERPOOL". En otra parte aparece una chapa con la inscripción "HELLEFORS STYCKEBRUK", correspondiente a una fundición sueca que fabricaba piezas para la industria británica. También coinciden las fechas. El modelo comenzó a fabricarse en 1855; Aguirre compró su máquina en 1859 y la producción de ese modelo terminó alrededor de 1870.
Pero para el especialista hay otro indicio especialmente importante: el desgaste. "Todos los indicios hacen presumir que es el de Baltazar Aguirre, porque no tiene uso", explica. Los dientes de los rodillos están prácticamente intactos. Esa condición, sostiene, resulta compatible con el poco tiempo que habría funcionado el trapiche en Floresta.
La identificación, sin embargo, todavía no está cerrada. El investigador trabaja con colegas ingleses para intentar encontrar documentación que permita reconstruir el recorrido de la máquina desde Liverpool hasta Rosario y luego hasta Tucumán.
Sea o no definitivamente el trapiche de Baltazar, la pieza permite contar un momento decisivo de la historia tucumana. Para el investigador, incluso, representa algo más preciso: "la llegada de la Revolución Industrial a Tucumán".
En esa historia aparece también este personaje, un nombre que quedó relegado frente a otros protagonistas: el experto señala que incluso muchas personas que viven en Floresta, o cerca del pasaje que lleva su nombre, pueden no saber quién fue Aguirre. "Merece en algún momento un buen homenaje", sostiene.
El trapiche puede ser parte de eso. No funciona todos los días porque necesita cuidados, pero cuando se enciende -y se lo hace, porque funciona-, después de 160 años, aquella máquina que alguna vez llegó desde Liverpool vuelve a moler caña en Tucumán y permite a sus visitantes tomar un jugo que sale de las entrañas de la historia (Producción periodística: Valentina Aranda Zóttola).


