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En Sol de Mayo no se gritan los goles de la Selección en el Mundial: el camino hacia un pueblo que el agua fue borrando

Para llegar al único habitante de Sol de Mayo hubo que atravesar caminos borrados por las inundaciones, cruzar un puente colgante y caminar entre el monte. La travesía mostró cómo el agua transformó la geografía de una región donde el Mundial también se vive de otra manera.

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En Sol de Mayo no se gritan los goles de la Selección en el Mundial: el camino hacia un pueblo que el agua fue borrando
En Sol de Mayo no se gritan los goles de la Selección en el Mundial: el camino hacia un pueblo que el agua fue borrando

Resumen para apurados

El Mundial aparece mucho antes de llegar a Sol de Mayo. A la vera de las rutas del sur tucumano, las banderas argentinas cuelgan de galerías, alambrados y frentes de viviendas. Algunas camisetas celestes y blancas flamean sobre sogas, mientras los comercios anuncian los horarios de los partidos y los vecinos comentan la actualidad de la Selección. Pero a medida que el camino avanza hacia el este del departamento Graneros, el paisaje comienza a cambiar.

Las banderas siguen apareciendo. Los habitantes, cada vez menos. La puerta de entrada es La Madrid, una ciudad que todavía conserva las cicatrices de las inundaciones del último verano. Las manchas de humedad permanecen en muchas paredes, aunque la expectativa por un nuevo partido de Argentina parece abrir un pequeño paréntesis en medio de los recuerdos que dejó el agua. Desde allí comienza la verdadera búsqueda.

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Llegar hasta Sol de Mayo no es sencillo. Ni siquiera para quienes viven en la zona. Los primeros en orientar el recorrido suelen ser los pobladores de mayor edad. Ellos todavía recuerdan caminos que para muchos dejaron de existir. Algunos mencionan el viejo "Camino del Cementerio"; otros recomiendan ingresar por La Esperanza. Sin embargo, hoy el único acceso comienza por Barrancas.

El asfalto desaparece. Empieza el ripio. Las primeras casas mantienen el clima mundialista. Algunas exhiben banderas argentinas y otras conservan pequeños adornos celestes y blancos. En el centro del paraje aparece la Escuela Secundaria N° 90, uno de los principales puntos de encuentro de la comunidad. Después, el paisaje vuelve a transformarse. El camino se estrecha. El monte empieza a dominar la escena.

La huella termina frente a una vivienda deshabitada que marca el último lugar al que puede acceder un vehículo de cuatro ruedas. Desde allí, la vida cotidiana continúa en moto o a pie. El suelo cambia de color. El salitre cubre buena parte del terreno. Los alambrados aparecen doblados o directamente derribados por las crecientes. Los árboles secos se mezclan con yuyos altos que comienzan a ocultar antiguos senderos.

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Una pequeña gruta del Gauchito Gil rompe el silencio. En su interior permanecen una imagen del santo popular, una lata y un vaso con el escudo de Racing. No hay carteles que indiquen que allí empiezan Los Jereces. Apenas esa construcción improvisada anuncia que todavía hay vida entre el monte. Más adelante aparecen las primeras viviendas.

Una casa sin techo, con las paredes castigadas por el agua, permanece en pie como un recuerdo de quienes alguna vez habitaron el lugar. Muy cerca, un rancho donde todavía humea un fogón confirma que no todos decidieron marcharse. Los Jereces conserva algunos habitantes. En Sol de Mayo solo queda uno.

El recorrido continúa por un sendero que durante años fue utilizado por alumnos, docentes y pobladores. A un costado, el río Marapa acompaña buena parte del trayecto. Más adelante aparece el viejo puente colgante construido a comienzos de la década del 80 para comunicar ambos parajes. La estructura todavía resiste. Los tablones de madera fueron reemplazados por chapas y cada paso hace que el puente se balancee. Los vecinos aseguran que sigue siendo utilizado por motos, caballos y quienes necesitan cruzar hacia el otro lado. Después del puente, la vegetación termina de imponerse.

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Árboles secos, barro, ramas caídas y senderos apenas visibles conducen hasta la vieja Escuela N° 151 de Sol de Mayo. El edificio permanece abandonado. El techo ya no existe. Las paredes apenas conservan restos de pintura y algunos nombres escritos sobre las puertas resisten al paso del tiempo. La naturaleza empezó a recuperar ese espacio.

Más adelante, un arroyo que nació tras la inundación de 2017 obliga a buscar nuevas formas de avanzar. Allí ya no existe ningún puente. Solo un tronco une ambas orillas y permite llegar hasta el último tramo del recorrido.

Del otro lado aparece Sol de Mayo. O, mejor dicho, lo que queda de Sol de Mayo. El silencio domina un paisaje de árboles secos, grandes charcos y construcciones castigadas por las crecientes. Varias viviendas apenas conservan algunas paredes. Otras ya desaparecieron por completo.

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Allí vive una sola persona. Lino Navarro decidió quedarse cuando casi todos los demás se fueron. La última inundación también se llevó el televisor con el que seguía los partidos de la Selección. Desde entonces, el Mundial ya no entra a Sol de Mayo a través de una pantalla. Llega cuando algún visitante cruza el monte y le cuenta cómo salió Argentina.

La travesía termina allí. En un rincón del sur tucumano donde los caminos cambiaron de lugar, los pueblos comenzaron a desaparecer y el fútbol, esa pasión que durante un mes suele unir al país entero, sobrevive apenas en el relato de quienes todavía encuentran la forma de llegar.

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