El peligroso reto de "desaparecer 48 horas": qué hay en la mente de los adolescentes y cómo deben actuar los padres
La Licenciada en Psicología María Lucrecia Elías analiza el fenómeno de los retos virales que alarman a las familias. Por qué los jóvenes fingen su desaparición, el impacto emocional del regreso a casa y cuáles son las clave…

La Licenciada en Psicología María Lucrecia Elías analiza el fenómeno de los retos virales que alarman a las familias. Por qué los jóvenes fingen su desaparición, el impacto emocional del regreso a casa y cuáles son las claves para intervenir desde el hogar y la escuela sin caer en la hipervigilancia digital ni dar "tutoriales".
Lic. María Lucrecia Elías dialogó con El Liberal.
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El peligroso reto de "desaparecer 48 horas": qué hay en la mente de los adolescentes y cómo deben actuar los padres El peligroso reto de "desaparecer 48 horas": qué hay en la mente de los adolescentes y cómo deben actuar los padres
El llamado 48 hours challenge o "desafío de las 48 horas" no es un fenómeno nuevo: sus primeros registros datan del año 2017. Sin embargo, recientemente ha vuelto a cobrar fuerza y visibilidad a través de plataformas como TikTok y Facebook, encendiendo las alarmas de padres, educadores y autoridades.
En esencia, la preocupante tendencia consiste en que los menores corten abruptamente todo tipo de comunicación con su familia, amigos y entorno habitual durante dos días enteros. No asisten al colegio ni a sus hogares, manteniéndose ocultos y sin dejar rastro.
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El verdadero peligro de este reto radica en su objetivo central: no se trata de una fuga real motivada por un problema personal, sino de un intento por medir la repercusión y el escándalo que su ausencia genera. Quienes participan buscan que su supuesta desaparición se vuelva viral en las redes, trascienda a los medios de comunicación y obligue a sus familias a radicar denuncias formales para ver sus propios rostros en las alertas de búsqueda de personas.
Para comprender qué impulsa a un joven a sumarse a este tipo de dinámicas, la Licenciada en Psicología María Lucrecia Elías propone ir más allá del alarmismo y contextualizar el momento evolutivo que atraviesan. "La adolescencia es una etapa atravesada por la exploración, la búsqueda de autonomía, el sentimiento de pertenencia y el reconocimiento social. Esta búsqueda de identidad colectiva no ha cambiado en esencia, es la misma en el 2000, en el 2010 y en el 2026", explica la especialista.
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Sin embargo, Elías advierte que hoy el escenario es más complejo debido a la convivencia de dos mundos: el analógico (la escuela, el cuerpo, la frustración) y el digital (los likes, las pantallas, las interacciones). En este ecosistema, los jóvenes consumen y normalizan tendencias que van desde conductas inofensivas para ganar seguridad entre pares —como "farmear aura"— hasta prácticas de extremo riesgo.
"El desaparecer 48 horas no es una fuga típica. En la mayoría de los casos, es un reto para medir el valor en redes sociales a través de la búsqueda de estatus; mientras más movilización genero, más importancia tengo. Aunque también puede ser una forma de protesta y una necesidad inconsciente de captar la atención real de los padres ante sentimientos de soledad o ausencia", detalla Elías.
Un auto de Fórmula 1 sin frenos
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Uno de los grandes interrogantes de los adultos es por qué los adolescentes parecen no medir las graves consecuencias de sus actos, como la angustia extrema de sus familias. La respuesta radica, en parte, en la biología.
La corteza prefrontal, encargada de planificar a largo plazo, controlar impulsos y evaluar riesgos, aún no ha terminado de desarrollarse en esta etapa. Aunque los jóvenes son capaces de reflexionar y tomar decisiones responsables, su inmadurez cerebral los lleva a priorizar la gratificación inmediata por sobre el riesgo.
Para graficarlo, la psicóloga utiliza una metáfora contundente: "Imaginen que el adolescente es un auto de carreras de Fórmula 1. Su motor funciona con un combustible que es la dopamina: la aprobación de los amigos, los likes, el formar parte de un grupo. El volante direcciona y esquiva obstáculos. El problema es que este auto anda a gran velocidad, pero con un freno que todavía está en fábrica, en desarrollo. Es un motor gigante sin frenos. Por eso, el rol de los padres debe ser el de convertirse en copiloto o en el GPS".
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El choque con la realidad: culpa, estigma social y desconcierto familiar
El regreso a casa marca el fin del reto digital, pero el comienzo de las verdaderas secuelas emocionales. "Cuando la excitación y la adrenalina bajan, hay que enfrentarse a la realidad, y ese es el momento de mayor vulnerabilidad psicológica para el adolescente", explica Elías.
La profesional señala que los límites entre la vida digital y la real están muy desdibujados para los jóvenes. Lo que en las pantallas se vive con la adrenalina de un juego, en el mundo físico se traduce en un daño profundo. Al volver, el joven choca de frente con las consecuencias de sus actos: se encuentra con padres en estado de shock, desconcertados o atravesando una crisis emocional severa.
Es en este punto donde emergen sentimientos abrumadores. El adolescente experimenta una profunda culpa y vergüenza, lo que muchas veces lo lleva a aislarse nuevamente, esta vez dentro de su propia casa, para evitar enfrentar los cuestionamientos. A este torbellino interno se le suma el peso del señalamiento público, ya que la sociedad suele juzgar primero a los padres, algo que el joven percibe y que intensifica su propia culpa.
El impacto del desafío también sacude los cimientos de la dinámica hogareña, generando cuestionamientos dolorosos ("¿Qué no vimos?") y empujando muchas veces a los adultos a caer en el control extremo.
Límites y comunicación frente a la hipervigilancia
Cuando el menor regresa tras la desaparición voluntaria, la primera reacción familiar debe enfocarse en la seguridad física, manteniendo la calma por más difícil que resulte. Posteriormente, es vital mantener una conversación explícita para entender las intenciones detrás del acto. "La estrategia para intervenir es puramente vincular y relacional, no tecnológica. Es hacerles saber que aquello que internet muestra como una broma, tiene consecuencias reales", sostiene la experta.
En este sentido, Elías desaconseja la hipervigilancia digital, como revisar compulsivamente los chats o rastrear el GPS a escondidas. "No se trata de que los padres controlen todo o invadan su privacidad, sino de tener acuerdos básicos cimentados en la transparencia. Preguntar a qué hora vuelve, dónde está y con quién anda es una forma de cuidar".
Señales de alerta y alfabetización digital
Para anticiparse a estas situaciones, es fundamental prestar atención a las conductas cotidianas. La psicóloga destaca como señales de alerta la necesidad obsesiva de estar conectados y responder al instante —impulsada por el FOMO (Fear Of Missing Out o miedo a quedarse afuera)—, así como los cambios de humor vinculados a la actividad en redes.
"Hay que estar atentos a la falta de pensamiento crítico frente a lo que consumen. A veces minimizan los riesgos diciendo 'qué bueno que está esto' o 'estaría buenísimo hacerlo'", advierte Elías. Otra conducta a observar es el ocultamiento: "Si el adolescente pasa mucho tiempo conectado y, al acercarse un adulto, tapa o gira la pantalla, es señal de que está ocultando algo".
Ante este escenario, la solución no es prohibir las pantallas, sino fomentar la "alfabetización crítica", enseñándoles a cuestionar lo que ven en internet. Para lograrlo, el rol adulto es clave: "Los padres deben abrirse a estos cambios, por más que algunas cosas les parezcan tontas o no las entiendan. Se trata de hacer preguntas para conocer y sacar información, no para juzgar", concluye.
"El castigo bloquea la comunicación", advierte la psicóloga
Las alarmas se encienden, las fotos circulan por redes sociales y la angustia paraliza a familias enteras. Sin embargo, horas o días después, el adolescente regresa a casa. No hubo un secuestro ni un accidente: se trató de un reto viral. Este fenómeno, que empuja a los jóvenes a fingir su propia desaparición para medir cuánta atención logran captar, plantea un desafío sin precedentes para madres, padres y educadores.
¿Cómo se debe actuar ante el regreso a casa? ¿Dónde está el límite entre una sanción necesaria y una intervención que realmente eduque? La Licenciada en Psicología María Lucrecia Elías analiza esta compleja dinámica y advierte sobre los riesgos de reaccionar desde el enojo impulsivo, proponiendo una mirada que va más allá de prohibir las pantallas.
El peligro del castigo punitivo
La primera reacción de muchos padres ante el alivio del retorno suele ser la furia y la imposición de sanciones severas. Sin embargo, Elías es categórica al señalar que esta vía puede ser contraproducente.
"Considero que el castigo en este caso podría producir un efecto contrario al deseado. Puede bloquear las vías de comunicación, que son precisamente las que nos van a permitir entender por qué ha pasado, por qué lo ha hecho o por qué se ha unido a este reto", explica la especialista.
Para la psicóloga, aplicar un castigo severo anula la posibilidad de reflexionar sobre las causas profundas del acto. Ya sea que el joven busque validación externa o esté atravesando problemas afectivos, la penalización extrema "puede alejar aún más y bloquear la comunicación", perdiendo la oportunidad de descubrir qué ocurre realmente en el mundo interno del adolescente.
Más allá de la "picardía": un síntoma de vulnerabilidad
Alerta sobre el peligro de reducir estos episodios a simples travesuras de la era digital. Elías sostiene que el fenómeno es multifactorial y requiere, en la gran mayoría de los casos, la intervención de un profesional de la salud mental.
No es solo una tendencia: En muchos casos, sumarse a estos retos esconde malestares gestados en el hogar o tensiones emocionales silenciosas.
Falta de herramientas: A menudo representa emociones "que no se hablan, que se desconocen o que no se saben expresar".
En este punto, el consultorio psicológico se vuelve un refugio indispensable. "El rol del psicólogo es brindar ese espacio para el adolescente, un apoyo emocional y de aprendizaje para trabajar la autoestima", detalla Elías. El objetivo clínico es desarticular la obsesión por el reconocimiento virtual y enseñarles que la validación "se puede cultivar también en espacios reales y seguros".
Terapia para padres: el psicólogo como "traductor"
El impacto emocional de una falsa desaparición es una experiencia traumática para el núcleo familiar. Por ello, la licenciada subraya que el apoyo terapéutico no debe limitarse únicamente al joven involucrado.
Vivir una situación de esta magnitud resulta "extremadamente desestabilizante" para los adultos, lo que obliga a una reconfiguración total de la crianza y de la idea de autoridad. En este proceso, el terapeuta asume un rol fundamental para los padres:
Funciona como traductor: Ayuda a decodificar las conductas de los hijos, uniendo la teoría psicológica con los roces de la vida cotidiana.
Modifica patrones: Permite cambiar las "respuestas automáticas" (como los gritos, el castigo o la hipervigilancia de los dispositivos) por herramientas asertivas y flexibles.
Reconstruye la autoridad: Fomenta un respeto basado en la transparencia, la confianza y la comunicación, en lugar del miedo.
Abordar los retos virales exige a los adultos salir del pánico y evitar los "tutoriales" moralinas que los jóvenes suelen ignorar. Como concluye la Licenciada Elías, el verdadero antídoto contra la vulnerabilidad digital no es el control absoluto de las redes, sino la construcción de una red de contención real, donde el diálogo y la empatía sean la norma, y no la excepción.
Herramientas para el aula: ¿Cómo pueden actuar los docentes frente a estos retos?
Como educadores, ustedes ocupan un lugar clave en la prevención, la detección y la contención de los adolescentes. Frente a la preocupación que generan retos como el de "desaparecer 48 horas", la Licenciada María Lucrecia Elías propone las siguientes estrategias concretas para el trabajo diario en la escuela:
-Abran el debate, pero eviten el "tutorial": Anímense a hablar del tema en clase, pero tengan la precaución de no explicar el "paso a paso" ni dar detalles de cómo se hace. El objetivo es informar, no despertar la curiosidad ni dar ideas.
-Desarmen "la gracia" del desafío: Pregúntenles directamente a los chicos por qué creen que alguien haría algo así. Ayudarlos a analizarlo desde su propia visión permite desmitificar el reto y le quita el atractivo de lo prohibido.
-Enfóquense en el impacto emocional: Llévenlos a reflexionar sobre las consecuencias reales y tangibles. Hablen de la desesperación, la angustia y la movilización que genera en su entorno íntimo: en sus papás, madres, hermanos y abuelos.
-Afinen la mirada en el día a día: Presten especial atención a los cambios en el aula. ¿Notan señales de aislamiento en algún alumno? ¿Ven alteraciones bruscas en su conducta o una baja repentina en el rendimiento escolar? Apóyense en el gabinete psicopedagógico ante la menor duda.
-Registren las "ausencias" de las familias: La observación no termina en el alumno. Estén alertas a la dinámica familiar: si notan que los padres no asisten cuando se los cita, no firman las notas o faltan sistemáticamente a las reuniones, ténganlo en cuenta. Esas ausencias pueden ser indicadores de un escenario de vulnerabilidad emocional.


