El Mundial en un paraje tucumano donde ya solo viven siete personas por las inundaciones: la historia de José Antonio y su familia en Los Jereces
José Antonio Lazarte tiene 77 años, nació y se crió en Los Jereces y hoy integra una familia que representa a cinco de los siete habitantes que todavía permanecen en ese paraje del departamento Graneros. Cuando juega Argentina, prende el televisor, busca una señal estatal y esper…

Resumen para apurados
José Antonio Lazarte no mira todos los partidos del Mundial. No porque no quiera, sino porque en Los Jereces, un paraje del departamento Graneros donde hoy apenas viven siete personas, el acceso a la Copa del Mundo también depende de la señal que llegue hasta su casa. Para seguir todos los encuentros hay que pagar servicios que no siempre están al alcance. Por eso, cuando juega Argentina, el ritual es otro: prende el televisor, busca algún canal deportivo y espera que la electricidad no vuelva a fallar.
Tiene 77 años, un espeso bigote y una gorra de Boca que lleva puesta mientras recibe a los visitantes. En una soga, mezclada con la ropa recién lavada, cuelga una camiseta de la Selección. No parece un detalle casual. En esa casa, el Mundial también ocupa un lugar especial. "Solamente veo los partidos de Argentina porque son los únicos que pasan", cuenta.
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No necesita demasiados partidos para entusiasmarse. A José Antonio le alcanza con seguir a Argentina y, sobre todo, con ver a Lionel Messi. "Messi es el mejor goleador que tenemos", dice convencido. La ilusión también permanece intacta. "Ahora estamos siguiendo el Mundial. Quizá consigamos otra Copa. Ojalá", expresa.
Su vivienda se encuentra a unos 800 metros del rancho de Tito Mario Nieva, por un sendero cubierto de salitre, barro seco y monte. En el terreno hay varias construcciones levantadas para la familia, pequeñas jaulas donde cría gallos y el patio donde transcurre gran parte de su vida cotidiana. Allí viven cinco personas. Son casi todo el paraje.
Según José Antonio, en Los Jereces apenas quedan siete habitantes. Su familia representa más de la mitad de la población de un lugar que durante décadas fue perdiendo vecinos como consecuencia de las inundaciones y del aislamiento. "Nacido y criado aquí", resume.
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Esa frase explica buena parte de su decisión de quedarse. José Antonio conoció un pueblo completamente distinto. Recuerda cuando había muchas familias, caminos transitables y chicos que caminaban todos los días hasta la Escuela N° 151 de Sol de Mayo. Él mismo cursó allí hasta cuarto grado.
Cuando era chico tampoco existía la electricidad. Las noches se iluminaban con mecheros, querosén y fogones de leña. Con el paso de los años llegó el tendido eléctrico. Hoy todavía tiene luz, aunque los cortes son frecuentes y muchas veces le impiden seguir los partidos de la Selección con normalidad. Las inundaciones aparecen una y otra vez en su relato.
No como un recuerdo lejano. Sino como el hecho que terminó modificando la vida del paraje. José Antonio asegura que la última crecida fue la más grande que recuerda. Incluso más grave que todas las anteriores. Durante esos días debió abandonar temporalmente la casa. Un sobrino lo ayudó a salir de la zona y regresar atravesando sectores completamente cubiertos por el agua.
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Antes de la inundación tenía un camino dentro de su propio terreno que le permitía llegar hasta Barrancas y conectarse con el resto de la zona. Hoy ese acceso ya no existe. "La inundación lo acabó. Me sacó un pedazo del camino. No tengo salida", lamenta.
Las consecuencias fueron mucho más allá de su casa. "Antes había muchísima gente. Incluso en Sol de Mayo había un camino que iba hasta La Madrid. El agua lo destruyó", recuerda. Las familias comenzaron a marcharse, sobre todo después de la inundación de 2017. La última crecida terminó de acelerar ese proceso hasta dejar a Los Jereces prácticamente vacío.
En su memoria también sobreviven nombres de pueblos que fueron desapareciendo con el tiempo. Uno de ellos es San Antonio de Quisca. "Allá había escuela, había policía y todo. Se perdió", dice con naturalidad, como quien aprendió a convivir con esas ausencias. Sin embargo, nunca pensó seriamente en abandonar el lugar donde nació. Su explicación no tiene vueltas. "¿Si me voy, quién me va a dar un terreno o una casa?", pregunta.
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La jubilación apenas alcanza para vivir y la tierra donde construyó su historia sigue siendo lo único que siente verdaderamente suyo. El agua que consume la familia llega desde un pozo construido hace años en Sol de Mayo y debe salir del paraje de manera recurrente para conseguir suministros básicos. Todo depende de caminos difíciles, de los ríos y de una infraestructura que vuelve a quedar en jaque cada vez que llegan las lluvias.
Mientras tanto, el Mundial ofrece un pequeño paréntesis. Cuando juega Argentina, la familia se reúne frente al televisor para seguir a Messi. No hay plataformas de streaming, pantallas gigantes ni paquetes deportivos. Solo un televisor, la esperanza de que la luz no vuelva a cortarse y la ilusión de volver a ver campeón al equipo de Lionel Scaloni.
En una casa donde viven cinco de los siete habitantes que todavía quedan en Los Jereces, cada gol de la Selección también representa una pausa en una historia marcada por las crecientes, los caminos perdidos y los vecinos que ya no están. Allí, donde el pueblo parece apagarse lentamente, José Antonio sigue encontrando un motivo para sonreír cada vez que Messi toca la pelota.


