El fin de los milagros
Nos faltó el último escalón: España fue demasiado hasta desde el respeto que le tuvimos. Vale la medalla de plata por todos los festejos del camino y porque un pueblo entero está orgulloso de esta Selección.

Hace falta algo más que milagros para ganar un campeonato del mundo. Pero solo un milagro nos hubiera hecho campeones otra vez en estas condiciones. España es un justo campeón, o al menos un justo ganador de la final, más allá del par de sustos que se llevó en los últimos minutos con el buscapié de Simeone que terminó en un córner, el tiro de Messi que le rompió la cara a Merino o el remate alto del propio Giuliano.
Durante 118 o 119 de los 120 minutos, España manejó el partido. Mucho, muchísimo más que el 65% de posesión que marcan los números. Y la verdad, esta vez la Selección no estuvo ni cerca. De nada. Del arco rival, de pelear el partido, de disputar la tenencia, de imponer condiciones. Siempre fue superado, muchas veces desbordado y apenas las manos del Dibu impidieron que la derrota fuera mayor, mucho mayor. España fue siempre fiel a su estilo, Argentina hizo lo que pudo, lo que le dejaron -que no fue mucho. Y si se repasa la formación que terminó en cancha, queda claro que la Selección de Scaloni terminó el torneo con los jirones del equipo. Dibu; Molina, Otamendi, Senesi, Tagliafico, Medina; Giuliano, Paredes, Mac Allister y Messi. Diez hombres resistiendo primero y tratando de lograr un empate imposible luego del gol de Ferrán Torres. Ya sin los centrales titulares (ambos lesionados, Licha por enmendar un error de De Paul), con el enorme Tagliafico fusilado, con pocas piernas todos los demás.
Pese a todo, España recién pudo quebrar la resistencia a los 106'. La Selección defendía con diez desde el final del tiempo regular, cuando echaron a Enzo Fernández por un foul en un error de cálculo. Llegó tarde, segunda amarilla y roja. Fue bastante simbólico, porque es lo que le sucedió al equipo durante todo el partido. Siempre llegó un segundo o dos después a buscar una pelota que ya no estaba. Desde el comienzo. No funcionó el plan A con Nico González (pensado desde un sentimiento de inferioridad) ni pudimos disputar el medio cuando entró Paredes. Sufrimos sobre el lateral derecho y el gol llegó por allí.
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Las lágrimas de Messi, cara a cara con la gente, mirando en silencio un canto detrás de otro, el aguante pese a todo, anuncia lo que todos sabemos: el final de un ciclo que seguramente se llevará a otros. Un ciclo brillante, exitoso, que nos llenó de orgullo, nos emocionó y nos representó mucho más que cualquier otra Selección de la historia. Y esto va más allá de lo que decida Leo, si jeuga un partido, dos o diez más: hay que pensar una nueva era.
Estuvo bien que no se sacaran la medalla plateada: haber llegado a la final es el premio a un equipo que jamás se dio por vencido, que peleó hasta el último suspiro. Que logró triunfos épicos en circunstancias donde otros seguramente habrían sucumbido.
Dejarse la medalla puesta es, además de la valoración de un segundo puesto del que toda la vida renegamos, una enseñanza: perdimos porque España fue mejor, pero nadie nos quita las alegrías infartantes del camino y nadie dejará de reconocer a Argentina como un gran campeón. Para la FIFA, que suele llenar brazaletes, y banderas con slogans que predican pero en los que luego se cagan, va un llamado de atención en el que seguramente no repararán: darle el Balón de Oro a Rodri es casi un insulto, es tener cero sensibilidad . No porque el español sea mal jugador, sino simplemente porque Messi fue cuerpo y alma de Argentina y del Mundial. Regó las canchas de fútbol y de lágrimas a sus 39 años, llenó los arcos de goles y los estadios de hinchas de todas las nacionalidades que llegaban a ver en persona a este fenómeno de todos los tiempos. Si el criterio es darles los premios a los ganadores, hay que comunicarles a Infantino y sus muchachos que al fútbol se gana con goles, no con pases. Rodri no solo no gritó un gol en este Mundial: dio dos mil millones de pases y ninguno fue asistencia. Pero probablemente sea una discusión más larga y para otro momento.
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Se nos fue el Mundial de las hazañas, de la épica, de las remontadas increíbles. Está todo muy a flor de piel como para hacer un análisis finito de por qué vivimos siempre al borde del abismo. Si hubo fallas en la lista, si era obligatorio respetar a todos los históricos o por qué hubo tantos jugadores que se ganaron un lugar pero jamás fueron opción. No es tiempo para reproches salvo para uno: Lautaro Martínez no debió quedarse en el banco sin jugar un solo minuto de la final, más allá de los condicionamientos por las lesiones. Ya veremos qué será del futuro. Hoy, nos recluimos en el duelo de esta pérdida. Y decimos gracias: por las ilusiones y las realidades. Por hacernos felices durante este mes y pico y durante los últimos cinco años. Gracias, siempre gracias. En un par de meses nos volveremos a ver con nuevos sueños.


