Dentro de la noche de Kevin de Vries en Mandarine
Sold out, cuatro horas de set y una pista que no aflojó. La Gaceta Lifestyle vivió desde adentro una de las fechas más esperadas de la electrónica porteña.

Resumen para apurados
Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.
Un sold out anticipa bastante antes de que empiece la música. Habla de una fecha que se viene esperando, de entradas que se buscaron con tiempo y de un nombre capaz de convertir su llegada en un plan marcado en el calendario. Kevin de Vries volvió a Buenos Aires en ese contexto.
El sábado 26 de septiembre, el DJ alemán regresó a Mandarine para ponerse al frente de la cabina con un set de cuatro horas. La fecha, producida por BAN Talent, venía generando expectativa desde hace meses. Entre comentarios, videos y fragmentos de otros sets que circulaban en redes, quedaba claro que buena parte del público electrónico argentino esperaba esa noche.
La relación con nuestro país lleva varios años. Esta vez, el regreso incluyó también una presentación en Córdoba la noche anterior y el propio De Vries habló de esa continuidad pocos días antes de volver al país. En una entrevista con DJ Mag Latinoamérica aseguró que hoy siente "un nivel de confianza mucho más profundo" con el público argentino y que esa familiaridad le permite tomar más riesgos durante sus presentaciones.
Nacido en Alemania y radicado en Berlín, Kevin de Vries construyó su carrera alrededor de un sonido ligado al techno melódico. La ciudad tuvo un papel importante en ese recorrido. Él mismo contó que mudarse allí lo ayudó a encontrar su identidad musical y le permitió observar de cerca una cultura de clubes donde los sets pueden extenderse durante muchas horas.
En 2018 comenzó su vínculo con Afterlife, el sello y plataforma creado por Tale Of Us que se convirtió en uno de los nombres más reconocibles de la electrónica contemporánea. De Vries publicó música allí y también en sellos como Drumcode y Cocoon. Con los años, producciones como Dance With Me y Metro, junto a Mau P, ampliaron su alcance.
A esa lista se sumó recientemente Man Like Me, una colaboración con el productor argentino Platero que nació después de que el músico local le enviara una primera versión del track. De Vries comenzó a incorporarlo a sus sets antes de su lanzamiento oficial y el tema terminó publicado en agosto de este año por ÆDEN Records, el sello impulsado por Anyma.
Su carrera lo llevó por algunos de los principales escenarios como Coachella, Tomorrowland, Awakenings y Time Warp así como presentaciones en Ibiza, Miami y Las Vegas. Pero su trabajo no se limita a festivales o canciones propias, la selección de música ocupa una parte central de sus presentaciones. De Vries contó que busca tracks y observa cómo responde el público para decidir hacia dónde llevar cada set. Para su regreso a la Argentina había preparado, además, nueva música, edits e IDs inéditos. En Buenos Aires tuvo cuatro horas para desplegarlos.
La elección del lugar tampoco era un detalle. Mandarine se convirtió en uno de los escenarios recurrentes para las grandes fechas electrónicas de Buenos Aires y su calendario permite dimensionar el movimiento que concentra la Costanera. Solo durante septiembre pasaron por allí John Summit, Hot Since 82 y Kevin de Vries. Para octubre están anunciados Miss Monique, CamelPhat, Boris Brejcha y Solomun.
Detrás de la fecha estuvo BAN Talent, la productora que invitó a La Gaceta Lifestyle a vivir la experiencia y que tiene una presencia sostenida dentro de ese circuito. Su programación reúne artistas internacionales en distintos puntos de Argentina y la región.
Con ese contexto llegamos a Mandarine cerca de la una de la mañana. Para entonces, la noche ya estaba en marcha: GUEVA había abierto la fecha y Marian Ariss estaba al frente de la cabina. A pesar del sold out, el ingreso fue rápido. Llegamos caminando y pasamos los controles sin ninguna espera. Adentro, la organización acompañó toda la noche. Había suficientes baños como para no estar mucho tiempo sin bailar y el movimiento general fue fluido.
Una sorpresa, fue que no hubo un sector VIP ocupando el frente de la cabina. Las mesas y el backstage estaban detrás del DJ, mientras que la pista principal era general. Eso hizo una diferencia, porque en estas fiestas, el verdadero privilegio no está en el VIP sino en poder ver, bailar y moverse sin tener que pertenecer a uno. Por supuesto que hubo momentos más cargados cerca del escenario, inevitables en una fecha de esa convocatoria, pero también fue fácil encontrar espacio y seguir bailando.
Esa noche, Mandarine estuvo cubierto por una carpa, una estructura que el predio no utiliza en todas sus fechas y que terminó siendo clave ante el pronóstico de lluvia. Lo increíble fue que, una vez adentro, hubo dos climas distintos. Mientras afuera caía una tormenta fuerte, bajo la carpa seguían la música, los láseres, el calor de la gente y una pista que no se detenía.
No escuchamos la lluvia, no sentimos una gota y tampoco hubo nada que hiciera pensar que, a pocos metros, Buenos Aires se estaba empapando. Recién cuando salimos al baño y vimos el piso mojado entendimos lo que había pasado. Durante horas estuvimos bailando en nuestra burbuja, ajenas al otro lado.
La pista reunió mayormente a un público alrededor de los 30 años. Y en cuanto a los looks, es muy fácil encontrar al protagonista de estas noches: el negro. Se podrá reclamar más color, pero a esta altura hay algo bastante argentino en esa insistencia. En la electrónica se combina, además, con una premisa práctica. Uno puede producirse todo lo que quiera, siempre que después pueda bailar durante horas.
Así aparecen botas, anteojos, transparencias, prendas amplias y algunos brillos dentro de una paleta que cambia poco. Lo canchero y lo cómodo dejan de ser categorías opuestas. El dress code se resume en producirse sí, sufrir jamás.
Mi elección siguió esa lógica. Un pantalón negro suelto y liviano, un corset de strass, botas texanas y unos Ray-Ban negros modelo Daddy-O de inspiración Y2K. Había brillo suficiente para romper el total black, pero ninguna prenda que amenazara con convertirse en un problema a mitad de la noche.
Cuando Kevin de Vries tomó la cabina, la reacción confirmó buena parte de la expectativa previa. Quienes siguen sus sets online conocen esa sensación de esperar determinados sonidos que aparecen una y otra vez en sus presentaciones. En vivo adquieren otra dimensión y, por supuesto, son mejores de lo que uno espera. Ya no están los auriculares ni una pantalla de YouTube en el medio.
Durante el set hubo cambios de intensidad, pero no hubo un momento en toda la noche en el que la energía pareciera desplomarse. Una selección llevaba a la siguiente y el movimiento continuaba. Ahí se entendía mejor aquello que De Vries había dicho sobre su relación con el público argentino. Había espacio para llevar la música hacia distintos lugares sin perder a la gente en el camino.
Uno de los momentos más celebrados llegó con Where Have You Been, de Rihanna. Una versión del tema venía apareciendo en sus videos y viralizandose en redes sociales. En Mandarine, las primeras notas reconocibles alcanzaron para cambiar la reacción de la pista.
Y el tiempo empezó a hacer lo que siempre hace en una buena noche. Cuatro horas escritas en un line-up parecen muchas, pero bailándolas, no necesariamente. Nunca apareció ese momento en el que uno mira la hora esperando que vuelva a pasar algo. Cuando empezó a acercarse las seis de la mañana, la sensación era de: una horita más.
Pero a las seis llegó el final. Con la salida reapareció un Buenos Aires mojado. Después de una noche fácil en términos de organización, quedaba el desafío de conseguir cómo volver cuando todo el mundo intenta hacerlo al mismo tiempo.
Hay una estrategia conocida para estas fechas que es irse diez o quince minutos antes para ahorrar buena parte de la espera posterior. Pero el problema es decidir perderse el final de la noche.
Nosotras este sábado decidimos quedarnos y después quedó esperar. Pero en la madrugada, después de una noche como esa, la demora y el cansancio era un problema de domingo. Quién nos quita lo bailado.


