De Davides y Goliats
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"No todos los gigantes llevan armadura. Algunos tienen sellos, expedientes, balances y escritorios impecables."
Hay dolores que no nacen de una enfermedad, ni de una pérdida, ni siquiera de un duelo.Nacen de la desproporción.
Traigo a la memoria un antiguo relato bíblico. Narra el momento en que un joven pastor, David, acepta enfrentar al gigante Goliat. Antes del combate, el rey Saúl intenta protegerlo prestándole su propia armadura. David se la coloca, intenta caminar y descubre que no puede moverse con ella. Entonces decide quitársela y enfrentar al gigante con aquello que conocía desde siempre: una honda, cinco piedras y su propia historia.
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Todos, alguna vez, fuimos David. No hace falta enfrentarse a un ejército filisteo.
Alcanza con una llamada que nunca llega, una carta documento que dicen no se ha recibido.Una demanda interminable. Silencios, instancias inválidas. Poder concentrado.
Hace algunos años conocí la historia de una mujer que llevaba meses intentando defender algo que para cualquiera parecería sencillo.
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No peleaba por dinero.Sino por la vida y derechos de sus hijos.
Las respuestas: no es uno no, pero tampoco un sí. Cada trámite abría otros.
Del otro lado no había un rostro.
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Cada día sostenía todo sola. Claro, la muerte de su esposo y bueno, ya pasaron algunos años. Eso no puede doler ya.
Su cuerpo iba traspasando los limites. Dormía mal. Lloraba en silencio. Sentía que no podía pensar. Fue enfermando, lo decía su presión, el cortisol, las alteraciones en su metabolismo. Pero el poder lo tiene el que interpreta quien sentencio: no está enferma. Lo suyo es laboral. Claro: ¿qué relación hay entre las condiciones de contratación y la salud?
Tiempo después escuché otra historia. Muy distinta. Y, sin embargo, profundamente parecida.
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Ella había llegado a una familia donde todo parecía resuelto. Riqueza. Prestigio. Influencia.
Las decisiones importantes ya estaban todas tomadas. Lentamente comenzó a sentir que desaparecía.
Aprendió a callar para no incomodar. A ceder para no quedar afuera. A dudar de sí misma.
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Hay violencias que no dejan moretones. Pero modifican profundamente el funcionamiento del cerebro.
Y surgen las preguntas: "¿Por qué no reaccionó?" "¿Por qué tardó tanto?"
La neurobiología dice que frente al peligro se huye o se lucha. No se habla mucho de la respuesta de Congelamiento.
Cuando el cerebro interpreta que ninguna estrategia modificará el peligro, reorganiza sus prioridades para sobrevivir. Disminuyen las capacidades de planificación, la memoria de trabajo se vuelve menos eficiente, cuesta encontrar palabras y hasta la voz puede volverse tenue o desaparecer. No es una decisión consciente. Es una respuesta del sistema nervioso frente a una amenaza percibida como inevitable.
"Ya no se vive. Se resiste". Por eso muchas personas llegan al consultorio diciendo:"No entiendo qué me pasa". "Me volví tonta".
Aquí el proceso terapéutico nos permite descongelarnos. Salir de la soledad y la desesperanza. Y allí aparecen tres movimientos profundamente humanos: 1) Aprender a pedir ayuda, 2) Descongelar la palabra, 3) Tejer redes de sostén.
¿Qué nos sostiene cuando nos enfrentamos a colectivos de poder?
Es la dignidad. La voz. La red. La confianza. La fe. La capacidad de pedir ayuda.
Los gigantes suelen confiar en su tamaño. David, pudo descubrir aquello que el miedo le había hecho olvidar que ya tenía.
David ya tenía la honda.Ya tenía una historia.
Había pasado horas solo, enfrentó fieras y protegió las ovejas. Tenía precisión, paciencia, capacidad de esperar el momento justo.
Su vida parecía insignificante pero fueron su entrenamiento.
Hay experiencias que creemos inútiles hasta que un día descubrimos que nos estaban preparando.
Ya tenía un sistema nervioso entrenado.
No ganó adaptándose al sistema del gigante, sino conectado con aquello que mejor sabía hacer.
Recuperó su confianza, no sin antes perderse y tomar una armadura por miedo.
Recordó que ya otras veces había atravesado peligros y que había ganado victorias.
Ya tenía red. Ya tenía dignidad.
El gigante medía casi tres metros. David no necesitaba ser más alto.
Quizá el milagro no fue que David encontrara una piedra. Las piedras siempre estuvieron allí. Lo extraordinario fue que dejara de mirar el tamaño del gigante para recordar quién era él. Porque el miedo tiene una forma muy particular de funcionar: agranda al otro y nos hace olvidar nuestros propios recursos. La sanación comienza cuando el sistema nervioso deja de preguntarse "¿Cómo voy a vencer a ese gigante?" y empieza a recordar "¿Qué tengo yo en mis manos?".
El trauma reduce nuestro acceso a los recursos internos. No desaparecen, quedan atrapado en la supervivencia.
Porque todos necesitamos ayuda. Por eso las redes humanas salvan. Nos muestran lo que no sabemos y nos recuerdan que podemos.
Los gigantes seguirán existiendo. Pero también seguirán existiendo hombres y mujeres que eligen ponerse del lado de quien quedó sin voz.
Detrás de cada trámite hay familias. Quizás de eso se trate la verdadera justicia. No solamente de ganar una causa.
Sino de ayudar a que alguien deje de vivir con el cuerpo preparado para la guerra.
Porque cuando un David recupera su voz, el gigante ya no es tan invencible.
¿Y tú? ¿Qué gigante tienes en frente hoy y qué piedra estás listo para tomar en tus manos?
Mi Gratitud a todas las personas que desde su ética acompañan a quienes han perdido la voz, o no saben que hacer frente a un mundo que ha perdido la palabra y la capacidad de mirar el alma humana.
(*) Psicóloga, Magíster en Salud Pública y Coach Ontológica (Aacop-Ficop 3903). Integra psicología, coaching, neurociencias, espiritualidad y arte para acompañar procesos de transformación en personas y organizaciones. Su enfoque trabaja relaciones conscientes, bienestar emocional y liderazgo, con herramientas para la vida cotidiana y al mundo profesional.
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