"Animals": el día que nació la revalidad futbolística entre Argentina e Inglaterra en el Mundial 1966
A partir de esa polémica tarde de 1966, cada choque entre la camiseta celeste y blanca y la de los tres leones dejó de ser un simple partido de fútbol para transformarse en una batalla por el honor.

Resumen para apurados
La rivalidad entre los seleccionados de fútbol de Argentina e Inglaterra es uno de los clásicos más intensos y magnéticos del planeta. Aunque muchos asocian este encono a los eventos de la década de los ochenta, la verdadera piedra fundacional del odio futbolístico se colocó mucho antes, en el mítico césped del estadio de Wembley. Fue durante los cuartos de final de la Copa del Mundo de 1966, en una tarde de furia, incomprensión y un insulto británico que quedó grabado a fuego en la memoria popular argentina.
Aquel partido de julio de 1966 enfrentaba a la poderosa Inglaterra anfitriona contra una Selección Argentina aguerrida, talentosa y de pierna fuerte. El ambiente en Londres estaba caldeado y el arbitraje del alemán Rudolf Kreitlein no tardó en inclinar la cancha hacia el lado local debido a su estricto criterio para sancionar el juego físico de los sudamericanos. Promediando el primer tiempo, el capitán argentino Antonio Ubaldo Rattín cometió una infracción común, pero al intentar acercarse al juez para pedir un traductor y exigir explicaciones con respeto, desató una confusión de proporciones históricas.
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El árbitro alemán, alegando que el mediocampista de Boca Juniors lo miraba con mala intención y que le profería insultos en un idioma que no entendía, decidió expulsarlo de manera directa. Rattín, indignado y completamente descolocado ante semejante injusticia, se negó a abandonar el campo de juego durante varios minutos, exigiendo la presencia de un intérprete. Cuando finalmente aceptó caminar hacia los vestuarios, protagonizó dos gestos desafiantes ante los abucheos de la multitud: se sentó un momento sobre la alfombra roja destinada exclusivamente a la Reina Isabel II y luego estrujó uno de los banderines de córner, que llevaba la bandera británica.
El encuentro continuó en un clima de hostilidad absoluta y terminó decidiéndose a favor de Inglaterra gracias a un gol de cabeza de Geoff Hurst. Sin embargo, el verdadero escándalo estalló tras el pitazo final. El director técnico del seleccionado inglés, Alf Ramsey, visiblemente alterado por las fricciones del encuentro, impidió que sus jugadores intercambiaran camisetas con los futbolistas argentinos. En la conferencia de prensa posterior, Ramsey lanzó una declaración despectiva que transformó un simple cruce deportivo en una afrenta nacional al sentenciar ante los micrófonos que sus dirigidos no debían comportarse como "animals" (animales).
La palabra caló hondo en el orgullo argentino. El término se convirtió de inmediato en el combustible que alimentó un resentimiento deportivo que trascendió generaciones. En Buenos Aires, el regreso del plantel fue recibido con honores de héroes morales bajo el lema de los campeones morales de Wembley, instalando la idea de que el torneo estaba arreglado para consagrar a los locales. A partir de esa polémica tarde de 1966, cada choque entre la camiseta celeste y blanca y la de los tres leones dejó de ser un simple partido de fútbol para transformarse en una batalla por el honor, una herida abierta cuyo origen se resume en aquella tarde donde el fútbol se tiñó de desprecio.

