Amistad superclásica: cuando las barras bravas de Boca y River eran amigas
Cuando comenzaron a organizarse, en los 60, los líderes de las dos hinchadas más grandes del país tenían buena relación y se unían para pelear contra otras barras. El vínculo nació en carnicerías, el rubro en el que trabajaban, y se extendió a la política.

Cuando comenzaron a organizarse, en los 60, los líderes de las dos hinchadas más grandes del país tenían buena relación y se unían para pelear contra otras barras. El vínculo nació en carnicerías, el rubro en el que trabajaban, y se extendió a la política.
En la prehistoria de Los Borrachos del Tablón, a inicios de la década del 60, la hinchada de River comenzó a organizarse alrededor de una de las tantas carnicerías del Mercado Ciudad de Buenos Aires, popularmente conocido como el Mercado Spinetto, que en buena parte del siglo XX constituyó el segundo centro comercial en importancia de la Capital Federal por detrás del Abasto. El primer líder en River de lo que todavía no se denominaba barra brava fue un italiano de Sicilia, Domingo Romano, apodado inicialmente el Tano Mingo y después el Loco Mingo, un hombre de mil biografías, que tendría muy buena relación con la hinchada de Boca.
Antes de convertirse en un murguero de lengua filosa y reconocimiento en los carnavales porteños, de participar en la política desde las segundas líneas y de ser encarcelado por algunas de sus actividades delictivas -casi todo esto mientras en simultáneo lideraba la hinchada de River-, Romano primero había sido estibador y luego responsable de una de las carnicerías del Spinetto que proveía de reses a decenas de comercios porteños del mismo rubro, el matarife, entre ellos el del líder de la hinchada del clásico rival de River.
Primera rareza: Quique el Carnicero -Enrique Ocampo según su DNI-, el primer jefe de la barra de Boca y propietario de una carnicería y verdulería a 500 metros de la Bombonera -también de la Glorieta de Quique, un bodegón enfrente de ese estadio-, era cliente del Tano Mingo, o sea que se abastecía de mercadería en el local del capo de la hinchada de River en el Spinetto.
Segunda peculiaridad: varios líderes de las primeras barras bravas de diferentes clubes fueron carniceros y mantuvieron relaciones fraternales, fomentadas además por sus encuentros recurrentes en boliches, cabarets y militancia política.
Tercera anomalía: el vínculo cordial entre el Tano y Quique, luego extendido a la vida gremial y política -pero tampoco exento de episodios violentos-, se trasladó a la amistad que durante varios años unió a las primeras hinchadas organizadas de River y Boca, que incluso llegaron a protagonizar un ejército compuesto para enfrentar a barras de otros equipos. Desde los paravalanchas, la rivalidad y el odio en los superclásicos recién comenzaría a finales de los 70 e inicios de los 80.
Respetado por otras hinchadas, el Bocha, uno de los jefes de San Lorenzo, le dio cobijo en secreto durante varios días en el Viejo Gasómetro para que se escondiese después de una de sus tropelías fuera de la cancha, que habían empezado como campana de ladrón de bancos-, el Tano Mingo la pasó mal el día en que todo River la pasó mal: cuando el árbitro Guillermo Nimo no cobró un penal por la famosa mano de Luis Gallo, defensor de Vélez, que de haber sido convertido le habría dado al club de Núñez el Nacional 1968, el punto final a una maldición sin títulos que entonces llevaba 11 años y ya enfilaba hacia los 18.
En aquel partido, según relata el libro "Este es el famoso River, 125 años", la hinchada del club de Núñez contó con el apoyo de 15 barras de Boca -y tal vez, también, de algunos otros equipos: había bronca generalizada contra los muchachos velezanos por su supuesta falta de códigos y juntos terminaron corriendo a los de Vélez por una tribuna lateral del Gasómetro, escenario del partido. EI Loco Mingo, sin embargo, recibió un cadenazo que le impactó en la cabeza y un ojo -algunos identifican entre los posibles agresores a un joven Raúl Gámez, líder de la hinchada de Vélez y posterior presidente del club de Liniers- y quedó internado en terapia intensiva en el Hospital Penna.
Aquella amistad inicial entre las hinchadas de River y Boca -tan extraña a la distancia- que comenzó en las carnicerías y siguió en el fútbol se robusteció sobre todo en la política, que no tardó en entrelazarse con los primeros líderes de las barras. La relación del Tano Mingo con el Partido Justicialista tiene varios capítulos. Durante y después de la proscripción del peronismo, muchas barras comenzaron a militar: incluso la de River estrenó en 1973 una canción que luego haría famosa la de Huracán, campeón ese año, que mencionaba al líder justicialista y al candidato que Perón puso en su lugar para las elecciones nacionales de 1973 en las que no podría participar -Héctor Cámpora, el Tío-: "Lo dice el Tío, 10 dice Perón, hacete de River que sale campeón".
Mucho antes de que recibiera un puesto en la intendencia de la Ciudad de Buenos Aires, en manos del peronismo desde 1973, el Tano Mingo ya había comenzado a tejer vínculos partidarios y sindicales. Si sus amigos de Boca -Quique el Carnicero y Jorge Corea- fueron choferes y custodios de José Ignacio Rucci, el secretario general de la CGT asesinado en 1973, Mingo acompañaba a Lorenzo Miguel, otro líder sindical de referencia, a cargo de la Unión Obrera Metalúrgica.
Tantos puentes en común, sin embargo, no implicaban una convivencia sin chispas: a una traición de Quique, el Tano Mingo le respondió con una venganza. A la salida de un Boca-Huracán, el líder de River siguió a los muchachos que guardaban las banderas azules y amarillas y se las robó: mucha de esa tela fue reconvertida en disfraces para la murga que lideraba, Los Chiflados del Abasto.
A esa altura, sin embargo, la hinchada creada por él ya había sumado jóvenes de otros barrios que dejaron de reverenciarlo, empezaron a disputarle el liderazgo y, como suele ocurrir, tras los primeros cuestionamientos le siguió un golpe palaciego. La nueva jefatura de la barra de River quedó a cargo de Alberto Ramos, alias Sandro, y Palermo reemplazó a Balvanera como barrio de referencia de la hinchada.
Con el cambio de mando, la buena relación original con el clásico rival empezó a romperse. En 1976, Boca estaba a punto de salir campeón del Metropolitano en un partido contra Unión en el Monumental: la rareza de la sede se debía a que la ronda final de aquel torneo se jugaba en estadios neutrales. En la madrugada previa, integrantes de la hinchada de River entraron al campo de juego, sacaron un arco, lo tiraron al foso y removieron el césped, aunque la dirigencia del club arregló el Monumental para que Boca pudiera jugar y festejar en cancha ajena.
La rotura final de relaciones sería cuando José Barritta, alias el Abuelo, tomó el poder de la barra de Boca en 1981. Entonces los Superclásicos pasaron a jugarse bajo la ley del salvajismo y fue cotidiana la aparición de armas de fuego escondidas entre las banderas y los bombos. Ya desde finales de los 70 y comienzos de los 80, la violencia lo cubrió mucho, casi todo, y los asesinatos se apilaron: tras un superclásico en la cancha de Vélez, en 1983, moriría de un balazo cruzado en un enfrentamiento callejero Daniel Taranto, alias Matutito, excombatiente en la Guerra de Malvinas e integrante de la hinchada de River.
La buena relación entre las barras superclásicas ya era cuestión del pasado.


