A un penal del papelón
Fue superado por un equipo digno pero muy menor y se clasificó con angustia. El bajo nivel de algunos jugadores, la canchereada de Aranda y una certeza: faltan refuerzos de jerarquía.

Casi no había sonrisas en los jugadores de Boca. Tal vez alivio, desahogo, liberación de angustia contenida. Y es lógico. Este es uno de los casos en los que el perdedor puede irse de la cancha orgulloso, sacando pecho, y el ganador puede (y debe) sentir vergüenza por la imagen que dejó. Los muchachos de O'Higgins inundaron la cancha de lágrimas por la oportunidad perdida: ganarle a Boca era un acontecimiento histórico. Para el equipo del Vasco Arruabarrena era simplemente una obligación y no del todo bien cumplida: había que ganar sin penales. Las imágenes marcan la diferencia palpable que hay entre uno y otro. Los chilenos, décimos en una de las peores ligas de Sudamérica, un fútbol que hace rato mira los mundiales por tele, estuvieron a punto de asestarle el golpe a este gigante demacrado. Boca estuvo a un penal del papelón y al incipiente ciclo del Vasco pudieron haberlo herido de muerte.
La inconsciencia es un atributo o un defecto dependiendo del contexto. Tal vez ya no haga falta explicárselo a Aranda, pero tener huevos es pedir la pelota, liderar la levantada del equipo, rebelarse ante la desidia, encarar y bancarse las patadas, convertir al arquero rival en figura. Como se ve, picar un penal no entra en la lista, mucho más una canchereada que un recurso. La inconsciencia de la que hablamos es beneficiosa en los primeros casos, perjudicial en el otro. Habría que ver qué se le pasó por la cabeza al Chicle cuando decidió hacer lo que hizo, si quería castigar con esa picadita al hombre que le había impedido gritar su gol un par de veces durante el partido. El límite entre el héroe y el villano es, muchas veces, el canto de una gillette. Un pelito. Una finísima telaraña.
Paredes lo bancó, enalteció sus virtudes, le reconoció la valentía para sacarlos del sopor, del ridículo que estaban haciendo, de la inacción desesperante. Y lo castigó con una vara de algodón elogiándole la personalidad aunque marcando, también, que "hay momentos". En una noche torcida -o en un año torcido, o en tres años torcidos- hay momentos en los que no conviene tirar caños. Y hay que entender esto como un pecado de juventud que probablemente ya haya dejado su enseñanza. Es una pena estar hablando de esto cuando deberíamos estar hablando de lo otro. De las virtudes del joven 10 que mantiene expectantes a tantos clubes europeos, que viven preguntando por él. Aranda puede convertirse -si la dirigencia no se pega un tiro en el pie como acostumbra- en la venta récord del club. Antes, claro, ojalá nos dejen disfrutarlo un ratito.
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El partido, de todos modos, no se explica desde Aranda. Así como el pibe desborda desfachatez, el resto parece sumergido en una nube tóxica de desconfianza. Empezando por el arquero -ojalá el penal atajado le temple el ánimo frágil y le haya limpiado la manteca de los guantes. Siguiendo por un Paredes que se pareció a aquel del día de la eliminación contra la Católica (se movió igual que aquella vez, poquito, disminuido en cuerpo y alma). Y terminando con esta caricatura de Villa, irresoluto e insólitamente ¡lento!


También se explica, el partido, por los que no deberían estar más y nadie entiende cómo siguen. Es el caso de Figal, claro, que sumó una nueva asistencia, de cabeza en esta oportunidad, a un tal Panchito González. No es que Di Lollo sea Beckenbauer, precisamente, pero logró que se lo extrañe. El ex Independiente debe ser uno de esos casos raros de unanimidad: nadie lo quiere, salvo ahora el DT. Y lo peor en este caso es la justificación para volver a ponerlo en el equipo: el tipo tiene buena salida. Los entrenadores modernos están obsesionados con esa parte del juego y parecen desconocer que la primera faceta del defensor, lo primero en lo que deben destacarse, es en impedir goles. Para pensar en el otro arco hay compañeros mejor preparados, al menos en la teoría.
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Por último, también puede entenderse este pobre partido desde el solísimo cambio que hizo el Vasco, Flores x Villa, que tiene múltiples significados. Un palazo para el colombiano, de quien el Vasco eligió prescindir sin que el pulso le temblara a los 11 minutos del segundo tiempo, consciente de que estaba quemando una carta fuerte. Es al mismo tiempo una nueva demostración de confianza hacia Flores (justificada ampliamente por el pibe) y por último, un llamado de atención a Riquelme porque la realidad es que casi todos estaban para salir, no solo Villa. Si bien ya no hay que penar con Jansones, Marteganis, Briascos ni Orsinis, nadie llegó para ocupar dignamente esos lugares y, cuando el técnico se da vuelta y mira al banco se encuentra con un tren fantasma.
Estos años lejos de la carnicería argentina han dotado al Vasco de una capacidad para decir la verdad en cualquier lado, aun en las conferencias de prensa en las que los jefes de prensa suelen preferir a los tiracentros. Dice más de lo que le piden, responde más allá de las preguntas banales y parecen importarle bastante poco las consecuencias de sus palabras. Anoche fue crudo en su análisis, habló del poco futuro que tiene este equipo si no cambia (Recoleta es otra de esas series donde hay mucho por perder y nada por ganar), de las flaquezas anímicas y hasta del disconformismo puertas adentro. Los jugadores estaban calientes, más aliviados que felices, lo cual parece muy adecuado.
Que nos haya puesto en aprietos O'Higgins, uno de los tantos monstruos de papel que nos empeñamos en crear, no augura un buen futuro. Los penales, una vez más, jugaron a favor y hay que aprovecharlo. Pero no alcanza con levantar el ánimo. Está visto que los refuerzos no son suficientes y que hay sectores muy delicados en los que Boca debería reforzarse. No con Passerini, por Dios. Basta de salidas de emergencia porque hubo dos meses para ocuparse de esto. Boca necesita jerarquía, nada de espejitos de colores. Y si le piden más plata porque somos los que somos o por la mala praxis de haber dejado para último momento lo que era una prioridad, a joderse. Pero basta de segunda selección, basta de fallados y discontinuos. Por favor, conservemos el respeto por nosotros mismos y dejemos de regalar el prestigio que supimos conseguir.


