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A los jóvenes que no vieron a Diego: el mediodía en que la historia nos devolvió la dignidad

La Selección se juega mañana el pase a la final ante Inglaterra. Y aunque muchos pibes hoy vibran con Messi, la historia exige un recordatorio.

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A los jóvenes que no vieron a Diego: el mediodía en que la historia nos devolvió la dignidad
A los jóvenes que no vieron a Diego: el mediodía en que la historia nos devolvió la dignidad

Resumen para apurados

Les voy a contar una historia a los jóvenes. Sé que ustedes idolatran a Lionel Messi, y tienen toda la razón. No hay dudas que estamos ante el mayor monstruo de todos los tiempos. Pero aunque hoy el fútbol parece haber alcanzado su perfección con él, tienen que saber que mucho antes de eso hubo un 22 de junio de 1986 que cambió todo. Tienen que entender lo que fue ver a Dios vestido de futbolista en un tiempo donde no había redes sociales y todo se vivía con la oreja pegada a la radio o a una tele que apenas se veía. Siéntense, porque esto no se lo pueden perder.

Estamos en la Ciudad de México. El sol del mediodía cae a plomo sobre el Estadio Azteca, pero en las entrañas de todos los argentinos que estábamos en nuestro país, se sentía un frío que no venía del clima del invierno, sino de la memoria. Habían pasado apenas cuatro años del conflicto en las Islas Malvinas, pero para nosotros la herida continuaba abierta, latente, sin cicatrizar. Lo mismo les sucedía a los once que vestían la albiceleste ese día dentro del campo, territorio donde ellos buscaban justicia para los 649 pibes que quedaron en el Atlántico Sur.

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Los ingleses eran los mismos de siempre. Soberbios, fuertes, los que eternamente nos miraron por encima del hombro. Salimos a la cancha con camisetas improvisadas, compradas en una tienda de deportes porque las oficiales eran un horno, y con números de fútbol americano en la espalda que se despegaban. Éramos un rejunte, sí, pero con un hambre de gloria que los ingleses, con toda su organización, nunca van a entender. Lo anticipaba Diego Maradona en el vestuario, con un frase que hoy ya es historia pura. "Nos mataron a nuestros amigos, a nuestros primos; hoy no podemos perder".

Y entonces, minutos después, comenzó el partido. Un partido que tuvo de todo. El primer tiempo fue nuestro. Maradona manejó los hilos, Burruchaga y Valdano se movían como un reloj, y los ingleses solo atinaban a cerrar filas. Se fueron al descanso respirando aliviados, pero sabían que no aguantarían el chaparrón. Porque en la segunda mitad, el destino se iba a vestir de 10.

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A los 6 minutos, Diego se filtró, saltó y con el puño izquierdo le ganó a Shilton. La famosa "Mano de Dios". Muchos hablaron de trampa, nosotros hablamos de justicia poética. A los ingleses no se les gana con elegancia, se les gana con viveza.

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Pero cuatro minutos después, la historia cambió de nombre. Diego tomó la pelota en nuestro campo. Se sacó a uno, a dos, a tres, a cuatro. Gambeteó a toda Inglaterra junta. Cuando llegó frente al arquero, se acordó de todos nosotros y de aquellos héroes de Malvinas. Enganchó, definió y la mandó al fondo. El mejor gol que se haya visto jamás en una cancha de fútbol.

Inglaterra, herida de muerte, se nos vino encima. Lineker descontó y el Vasco Olarticoechea salvó la nuestra con la nuca, en una maniobra que todavía no sabemos cómo salió. Cuando el árbitro marcó el final, la locura explotó en el Azteca; y ni se imaginan lo que explotó la Argentina. Ganamos 2 a 1. Pasamos a semifinales, es cierto. Pero lo que ganamos ese domingo fue el orgullo. Ese mediodía, Maradona no solo nos metió en la siguiente ronda; nos devolvió la dignidad que nos habían intentado robar en la guerra.

Esa es la verdad. Lo demás, son solo números. Por eso, a ustedes los jóvenes, espero que sepan entender que esto no se trata de discutir si un 10 es mejor que otro. Se trata de reconocer que hubo un día en que un hombre, con la camiseta cosida a mano y el alma destrozada por el recuerdo de una guerra, nos recordó a todos qué significa ser argentino. Guarden esta historia, porque ese mediodía en el Azteca no solo ganamos un partido; ese mediodía aprendimos a caminar con la frente en alto otra vez.

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